jueves, 26 de febrero de 2026

Democracia, nuestra deuda con un jefe de Estado en un exilio irracional



La democracia española no cayó del cielo. No fue un regalo automático de la historia ni una consecuencia inevitable de la muerte de Francisco Franco. Fue una decisión política. Y esa decisión tuvo nombres propios. Uno de ellos fue Juan Carlos I.

Pudo optar por la continuidad del régimen. Tenía margen para hacerlo. Eligió, sin embargo, abrir el sistema. Y para ejecutar esa apertura confió en Adolfo Suárez. El tándem desmontó desde dentro el edificio autoritario: legalización de partidos, elecciones libres, Constitución de 1978. Nada estaba garantizado. Todo podía fracasar.

La prueba definitiva llegó el 23 de febrero de 1981. El golpe encabezado por Antonio Tejero no fue un episodio menor. Aquella noche, la intervención televisada del rey, en uniforme de capitán general, no fue simbólica: fue decisiva. El mensaje fue inequívoco. No habría marcha atrás. El Estado no respaldaba la involución. Esa es la verdad histórica, más allá de las revisiones interesadas.

Después vinieron las sombras. Los errores personales. Las conductas cuestionables. Las investigaciones fiscales. Nada de eso debe ocultarse. Una democracia adulta no blanquea comportamientos individuales. Pero tampoco borra la memoria institucional.

Hoy, el rey que pilotó la apertura democrática vive fuera de España sin condena penal alguna. Su situación se asemeja a un destierro asumido como peaje político en un clima de polarización y cálculo partidista. Y ahí surge la incomodidad.

¿Puede una democracia negar reconocimiento a quien fue decisivo en su nacimiento?
¿Debe el jefe del Estado que facilitó la soberanía popular terminar sus días lejos de su país?

No se trata de blindar conductas privadas. Se trata de proporcionalidad histórica. España le debe la democracia a una generación —a Suárez, a los constituyentes, a millones de ciudadanos— y también al rey que eligió reforma frente a continuidad.

Quizá el verdadero examen de nuestra democracia no esté en cómo juzga los errores, sino en cómo reconoce los servicios decisivos. Y en esa balanza, nos guste más o menos, la deuda sigue ahí.

Y hay una imagen que interpela. ¿Cómo se imagina un funeral de Estado de Juan Carlos I si llega desde un destierro tácito? Hablamos además del padre del actual jefe del Estado, Felipe VI. Hablamos de continuidad institucional y de la imagen exterior de España.

Y en paralelo, se reabren papeles, se desclasifican documentos del 23F, se reactivan debates históricos en momentos políticamente sensibles. ¿Transparencia necesaria? Siempre. ¿Oportunidad política calculada? Algunos lo interpretan así.

En un contexto de debilidad parlamentaria y polarización, cualquier movimiento sobre la memoria institucional tiene lectura estratégica. Y no son pocos los que ven en ciertos gestos una señal dirigida a equilibrios internos, a presiones cruzadas, incluso a sensibilidades que orbitan en torno a Zarzuela.

La cuestión de fondo es simple: ¿memoria con altura de Estado o memoria de coyuntura?

La hormiga no pide impunidad. Pide perspectiva.
No exige olvido. Exige proporción.

Porque cuando llegue ese día —y llegará— España no solo despedirá a un hombre. Se despedirá de una etapa fundacional. Convendría que, cuando eso ocurra, la democracia no tenga que explicar por qué confundió justicia con ingratitud.




viernes, 6 de febrero de 2026

Aragón espera este domingo una caída de Alegría que trasvasará a Vox, Azcón (PP) al borde de los 30 escaños


Las encuestas publicadas (ver como ejemplo RTVE) en los días previos al 8-F dibujan en Aragón algo más que una fotografía electoral: anticipan un movimiento de placas en el tablero político autonómico, con consecuencias que van más allá del Ebro.

El Partido Popular de Jorge Azcón se consolida como primera fuerza, con una estimación cercana al 38–39 % del voto y un resultado que oscilaría entre 29 y 30 escaños. Un crecimiento claro, sostenido, pero insuficiente para gobernar en solitario. El PP gana, pero no cierra el círculo: la aritmética vuelve a situar a Vox como socio necesario.

El PSOE de Pilar Alegría, en cambio, firma uno de sus peores escenarios históricos en Aragón. Los sondeos le asignan 17–18 escaños, confirmando un desplome electoral que no se explica solo por desgaste de gobierno, sino por una crisis de relato y de identidad. Parte del electorado socialista se disuelve hacia la abstención; otra parte migra sin complejos hacia la derecha.

Ahí aparece Vox, el otro gran protagonista del ciclo. Con estimaciones de hasta 11–12 escaños, la formación recoge buena parte del voto socialista perdido y se convierte en actor estructural del nuevo bloque conservador. No crece solo por movilización propia: crece por trasvase, por ruptura emocional con el PSOE y por una polarización que castiga al centro-izquierda.

El mapa se completa con el hundimiento definitivo de Podemos y del PAR, que quedarían fuera del Parlamento, y con una izquierda cada vez más fragmentada. En ese contexto, Chunta Aragonesista resiste e incluso mejora ligeramente (3-4 escaños), confirmando que identidad, coherencia y territorio siguen siendo activos electorales cuando el resto se diluye. IU-Sumar (2 escaños, subiría uno) mantiene una presencia menor, sin capacidad de compensar la pérdida global del bloque progresista.

Aragón, así, no solo decide un gobierno. Ensaya un cambio de ciclo. Un escenario donde la derecha se ordena, la izquierda se divide y el centro desaparece como espacio político reconocible.

Ciertamente las derechas del parlamento aragonés superan claramente el 55%, este giro a la extremeña incluso puede mantener un gobierno en minoría del PP, pero siempre con el permiso del ganador moral de la cita, un VOX revitalizado con cerca de un 17% del electorado. Alegría parece haber hecho los deberes llevando al PSOE aragonés a un fracaso anunciado e histórico, similar al logrado hace unos días por Gallardo.

La hormiga lo ve claro:

Alegría firma de nuevo el descalabro de un sanchismo que no da más de sí.
Cuando el relato se agota, los votos emigran. Aragón no solo anticipa un gobierno: ensaya un cambio de ciclo. Y cuando los ciclos se mueven en las autonomías, las generales dejan de ser una hipótesis y empiezan a parecer un calendario.