Los promedios demoscópicos publicados durante la última semana sitúan al PP andaluz entre los 54 y 58 escaños, muy por delante del resto de fuerzas y consolidando una posición dominante que permitiría a Moreno gobernar con enorme comodidad e incluso lograr nuevamente cifras en la mayoría absoluta, ese es el reto, no necesitar a VOX para gobernar, los deberes y la canción se han hecho, veremos la participación y los restos provinciales si hacen que logre los 55 escaños necesarios.
El PSOE de María Jesús Montero se movería en una horquilla de 26 a 30 diputados, muy lejos de los números necesarios para disputar realmente la presidencia de la Junta. Realmente su lucha es no quedar bajo la última barrera de Espadas en 2022 que dejó en los ahora casi inalcanzables 30 diputados. Vox conservaría un espacio relevante con entre 13 y 16 escaños, mientras la izquierda alternativa seguiría atrapada en la fragmentación, con previsiones conjuntas que rondan entre 7 y 10 representantes. En mi opinión veo mas cerca de los 27 a la primera y de los 9-11 al segundo tándem.
Pero más allá de las cifras, la campaña deja algo aún más importante: la sensación de que Andalucía ha terminado funcionando como un espejo del clima político nacional.
Y ahí el PSOE ha sufrido especialmente, desde el fiasco de la presentación de su candidata como salvadora.
(La imagen arroja mi estimación tras observar los últimos resultados de encuestas, creada con ChatGPT+)
Una campaña marcada por el desgaste y los errores
El gran problema socialista no ha sido únicamente la ventaja del PP, ha sido la percepción de agotamiento. Por momentos, la campaña del PSOE andaluz ha transmitido más preocupación por resistir el golpe que capacidad real para cambiar el estado de ánimo del electorado. Y en política, cuando un partido entra en modo defensivo, cada error amplifica sus consecuencias.
El episodio más delicado llegó tras las declaraciones de Montero sobre la muerte de los dos guardias civiles arrollados por una narcolancha en Barbate, al referirse al caso como un “accidente laboral”. Aunque desde el entorno socialista se intentó posteriormente matizar el contexto de las palabras, el daño político ya estaba hecho, junto a la oposición a declararla profesión de riesgo desde el Parlamento nacional. Porque en Andalucía —y especialmente en provincias con fuerte vínculo emocional con las fuerzas de seguridad— aquello no se interpretó como una cuestión semántica o técnica.
Y probablemente ha sido uno de los momentos de campaña que mejor ha aprovechado el bloque conservador para reforzar la idea de desconexión entre el discurso gubernamental y una parte importante de la sociedad.
En política moderna, muchas veces no destruye tanto una frase mal formulada como la sensación emocional que deja detrás. Y esta vez el PSOE no consigue apagar ese nuevo 'incendio'.
Lo que realmente está diciendo Andalucía
Las encuestas probablemente no anticipan un terremoto. Pero sí algo quizá más profundo: un cambio gradual de humor político. La sensación dominante no es tanto entusiasmo por el PP como cansancio hacia el modelo de confrontación permanente que ha marcado buena parte de la política española reciente.
Y cuando el votante entra en fase de cansancio, suele premiar perfiles que transmiten gestión, previsibilidad y ausencia de ruido.
Ahí Moreno ha entendido perfectamente el clima emocional.
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