viernes, 21 de agosto de 2026

Ceuta: cuando la frontera entra en tu vida


Desde la península, una frontera es una línea en un mapa. En Ceuta, la frontera forma parte de la vida. Hace algo más de dos años visité por primera vez la ciudad. Descubrí una Ceuta abierta, monumental, luminosa, orgullosa de su identidad y acostumbrada a convivir. Una ciudad española en el norte de África donde distintas culturas y religiones comparten un territorio extraordinariamente pequeño.

Allí conocí a Juan Miguel Alcántara, catedrático de la Universidad y, sobre todo, ceutí. Esta semana he querido sentarme con él durante casi 45 minutos para hablar de lo ocurrido desde el 30 de julio. La conversación me deja preocupado, más preocupado. Porque el problema de Ceuta no puede reducirse a contar cuántas personas entraron, cuántas regresaron a Marruecos o cuántas permanecen todavía en la ciudad.

El verdadero problema es social.

Ceuta tiene poco más de 80.000 habitantes y un territorio muy limitado. Cualquier fenómeno migratorio de gran intensidad afecta inmediatamente a sus calles, playas, servicios públicos, centros de acogida y, finalmente, a la convivencia. Eso obliga a plantearnos una pregunta quizá incómoda:

¿Dónde termina la solidaridad y dónde comienza la obligación del Estado de proteger la normalidad de quienes viven en una ciudad fronteriza?

No creo que ambas cosas sean incompatibles. Defender una política migratoria humanitaria no significa renunciar al control de una frontera. Y proteger una frontera tampoco debería significar olvidar la dignidad de quien intenta cruzarla. Pero una frontera que deja de funcionar termina trasladando el problema al interior. Y Ceuta no puede asumirlo sola.

En la conversación hablamos de inmigración y asilo, de menores no acompañados, de quienes quieren continuar hacia la península y Europa y de una cuestión especialmente preocupante: ¿puede acabar Ceuta convertida en un enorme espacio de espera y acogida? Sería un grave error.

Ceuta no puede convertirse en el lugar donde España o Europa depositen un problema que no saben resolver, ni puede pedirse a sus habitantes que acepten indefinidamente como normal una situación excepcional.

Además, Marruecos no es únicamente el país situado al otro lado de la frontera. Es un socio estratégico de España, pero también un Estado con intereses propios y con una posición histórica conocida respecto a Ceuta. Por eso, cuando una entrada masiva desborda una frontera en un periodo extraordinariamente corto, la cuestión deja de ser exclusivamente migratoria. Se convierte también en un problema diplomático, de seguridad y de responsabilidad política.

Y ahí España necesita una política clara.

Juanmi utiliza durante la entrevista una expresión especialmente dura para describir cómo sienten muchos ceutíes la situación: “Somos huérfanos de Estado”.

Podremos compartir o no su diagnóstico, discutir cifras, responsabilidades o soluciones. Pero un Estado debería preocuparse cuando una parte de sus ciudadanos comienza a sentirse así.

Porque detrás de las grandes palabras —inmigración, geopolítica, soberanía, Europa— hay padres que dudan si dejar salir a sus hijos, turistas que se marchan, negocios que pierden actividad y ciudadanos que se preguntan si el resto de España comprende realmente lo que están viviendo.

Ceuta siempre ha convivido con su frontera. Lo que no podemos pedirle es que viva permanentemente dentro de ella.

🐜 La Hormiga

Las fronteras se dibujan con una línea. Pero tras de ella viven personas.

Cuando una frontera falla, no falla un mapa. Falla la tranquilidad de una familia, la confianza de una sociedad y la obligación de un Estado de estar presente. Quizá por eso, antes de discutir sobre Ceuta, deberíamos hacer algo mucho más sencillo: escuchar a Ceuta.

jueves, 2 de julio de 2026

El profesor no compite con la inteligencia artificial


La irrupción de la inteligencia artificial (IA) ha abierto un intenso debate en la universidad. Para algunos representa una amenaza para el aprendizaje; para otros, el principio del fin de la enseñanza tal y como la conocemos. Mi impresión es bastante distinta.

La universidad ya ha vivido transformaciones similares. Ocurrió no hace tanto con las calculadoras científicas, con el ordenador personal, con internet, con los campus virtuales o con los programas econométricos. Siempre aparecieron voces anunciando que aquellas herramientas empobrecerían el aprendizaje. Con el tiempo comprobamos que no sustituían el conocimiento, sino que cambiaban la forma de adquirirlo.

Con la IA sucede exactamente lo mismo. Nunca he pensado que un estudiante aprenda más por invertir horas en tareas mecánicas que una herramienta puede resolver en segundos. Lo importante no es obtener un resultado, sino comprenderlo, interpretarlo y ser capaz de utilizarlo para resolver problemas reales. Ahí está la diferencia entre aprender y repetir.

La IA puede resumir documentos, localizar bibliografía, generar ejemplos o ayudar a estructurar una idea. Puede ahorrar tiempo, abrir perspectivas e incluso mejorar la productividad académica. Lo que no puede hacer es sustituir el criterio, la curiosidad, el pensamiento crítico ni la capacidad para formular buenas preguntas. Esta es la razón por la que no veo la inteligencia artificial como una amenaza para la docencia, sino como una oportunidad para hacerla mejor.

Hace más de veinte años que mis alumnos disponen desde el primer día de guías, materiales, vídeos sintéticos, ejercicios y casos prácticos en formato digital. Nunca he entendido el aula como un lugar donde simplemente se entrega información. Esa información ya estaba antes en los libros y hoy está, además, al alcance de cualquiera.

Precisamente por eso creo que el profesor no compite con la IA. Compite, si acaso, con una forma de enseñar basada únicamente en transmitir información. Y esa batalla estaba perdida mucho antes de que apareciera la IA.

Hoy enseñar consiste menos en transmitir información y mucho más en ayudar a interpretarla, seleccionarla, cuestionarla y convertirla en conocimiento útil. La IA no reduce esa responsabilidad. La multiplica. Porque cuanto más fácil resulta obtener respuestas, más importante es aprender a formular buenas preguntas, distinguir una respuesta correcta de una respuesta simplemente convincente y desarrollar un criterio propio. Esa sigue siendo una tarea profundamente humana.

La universidad no debería preguntarse cómo prohibir la IA. Debería preguntarse cómo enseñar a utilizarla con rigor, ética y sentido crítico. Igual que nadie discute hoy el uso de una calculadora, un ordenador o un programa específico, dentro de unos años la IA será una herramienta más. La diferencia y la ventaja seguirá estando, como siempre, en quién la utiliza y para qué. 

La hormiga aún recuerda cuando algunos aseguraban que las calculadoras acabarían con las matemáticas o que internet haría innecesarios a los profesores. No ocurrió entonces y tampoco ocurrirá ahora.

Las herramientas nunca han sustituido a los buenos docentes. Lo que hacen es poner más en evidencia la diferencia entre quien simplemente transmite información y quien consigue despertar conocimiento. Porque el profesor no compite con la IA. Compite cada día por seguir siendo imprescindible allí donde ninguna máquina puede llegar: el criterio, la inspiración y el aprendizaje con sentido.

miércoles, 24 de junio de 2026

La presencialidad no se impone, se gana


Uno de los debates recurrentes en la universidad gira en torno a la asistencia a clase. Cada curso vuelven las mismas preguntas en los claustros: "por qué los alumnos no acuden al aula, qué mecanismos pueden utilizarse para incentivar su presencia o si la evaluación continua debe servir también para garantizarla".

Nunca he sido partidario de obligar a nadie a asistir a una de mis clases, otra cosa son determinados eventos competenciales de los que podremos hablar en otro momento. Y lo digo después de más de treinta y tres años como profesor universitario y de más de dos décadas como estudiante entre licenciaturas, doctorado y otros procesos de formación. No porque crea que la presencialidad carece de valor, sino precisamente porque creo en ella.

Siempre me ha parecido que la universidad debe ser también un espacio de responsabilidad personal. Por eso nunca he entendido la necesidad de justificar ausencias ni de controlar entradas y salidas del aula. Los estudiantes universitarios son adultos que toman decisiones sobre su formación y deben asumir también las consecuencias de esas decisiones.

La máxima satisfacción de un profesor no debería ser pasar lista. De hecho, nunca lo he hecho. El primer día de clase suelo dedicar unos minutos a presentarnos, todos los que estamos en el aula. La verdadera satisfacción llega cuando uno entra en clase y la encuentra llena porque los estudiantes consideran que merece la pena estar allí.

Quizá mi forma de entender este asunto tenga mucho que ver con mi propia experiencia. Como alumno también elegía. Había asignaturas a las que acudía sistemáticamente porque sentía que cada clase me aportaba algo que no podía obtener por mi cuenta. Otras veces valoraba si el tiempo invertido compensaba realmente el aprendizaje obtenido. Lo hacíamos entonces y lo siguen haciendo los estudiantes de hoy.

La experiencia más reveladora la viví precisamente en una universidad de enseñanza no presencial. Nadie me obligaba a asistir a tutorías, pero en determinadas asignaturas buscaba a los tutores para hablar con ellos, discutir contenidos, profundizar en conceptos o comprender mejor determinadas competencias. Cuando existe interés intelectual, la presencialidad deja de ser una obligación y se convierte en una necesidad.

Hay además una paradoja que siempre me ha llamado la atención. Llevo más de veinte años sin entrar en clase con un solo papel. Las guías, planificaciones, los guiones de trabajo, los materiales complementarios, los vídeos sintéticos, los ejercicios y los casos prácticos han estado disponibles digitalmente para mis alumnos desde el primer día mucho antes de que la digitalización educativa se convirtiera en una consigna institucional. Nunca he entendido el aula como un lugar donde se distribuye información. Para eso existen otros medios mucho más eficientes.

Precisamente por eso sigo creyendo en la enseñanza presencial.

La clase no puede consistir en leer unas diapositivas que el alumno ya tiene en su ordenador ni en repetir contenidos que aparecen en cualquier manual encorsetados por un temario inflexible. Su valor está en interpretar, relacionar, contextualizar y discutir esos contenidos desde la experiencia académica y profesional. Está en conectar la teoría con la realidad y en transformar información en conocimiento útil. Cualquiera de mis estudiantes asocia deflactar al coste de un simple café o varios correlacionado con un billete, y eso no está de esa forma explicitado en ningún libro o temario, es experiencia.

A veces escucho decir que los estudiantes ya no son como antes. Probablemente sea cierto. Pero tampoco los profesores deberíamos ser exactamente los mismos que hace treinta años. La universidad ha cambiado, las herramientas han cambiado y las formas de aprender también. Lo que no ha cambiado es la necesidad de despertar interés.

Durante años he escuchado que la solución a las aulas vacías pasa por endurecer los controles de asistencia, personalmente nunca lo he visto así. Obligar a un estudiante a ocupar físicamente una silla puede resolver una estadística, pero difícilmente resolverá un problema educativo. La verdadera cuestión es si el alumno siente que pierde algo importante cuando decide no acudir.

La asistencia es probablemente uno de los indicadores más sinceros de la calidad percibida de una asignatura. Por eso creo que el debate suele plantearse de forma equivocada. Más que preguntarnos por qué los estudiantes no vienen a clase, quizá deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que quieran venir.

La hormiga

La hormiga ha conocido universidades sin internet, con internet, con campus virtuales y ahora con inteligencia artificial. Sin embargo, ha observado algo que apenas ha cambiado con el tiempo, los estudiantes siguen acudiendo allí donde sienten que aprenden algo que merece su esfuerzo.

Por eso sospecha que muchas aulas vacías no son un problema de presencialidad. Son, sobre todo, un problema de propuesta de valor. Porque la presencialidad, como el respeto académico, la autoridad intelectual o la confianza, no suele ser consecuencia de una norma, sino del valor que otros perciben en nosotros.

jueves, 18 de junio de 2026

El mayor fracaso docente es aceptar que un alto nivel de suspensos es un problema del alumnado

Hay ideas que uno va construyendo con los años. Otras, sin embargo, llegan pronto y el tiempo simplemente se encarga de confirmarlas.

No obstante, tras más de treinta y tres años como profesor universitario, más de una década como estudiante con dos licenciaturas y un doctorado, antes y después de ocupar el otro lado de la mesa, y toda una vida vinculada al mundo de la educación, hay una convicción que no solo mantengo, sino que cada curso veo más clara: si un profesor suspende sistemáticamente a una gran parte de su alumnado, antes de buscar explicaciones en los estudiantes debería empezar por mirarse a sí mismo.

Sé que esta afirmación incomoda, también que muchos compañeros responderán inmediatamente con argumentos conocidos para justificarlo: "el nivel ha bajado, los estudiantes llegan peor preparados, no trabajan lo suficiente, la universidad no puede regalar aprobados..."

Cierto que tienen razón, pero solo en parte. Porque una cosa es defender la exigencia y otra muy distinta convertir el suspenso masivo en una especie de medalla académica.

Durante toda mi trayectoria he impartido asignaturas como Introducción a la Econometría, Métodos y Modelos Econométricos, Sistemas de Información para la Dirección o Econometría Aplicada, entre otras. Materias cuantitativas que difícilmente pueden calificarse como sencillas. Sin embargo, mis tasas de aprobados han superado habitualmente el ochenta por ciento entre las dos convocatorias. No lo menciono como un mérito personal, lo hago porque demuestra algo importante, exigir y conseguir que los estudiantes aprendan no son objetivos incompatibles, más al contrario. La verdadera misión de un docente universitario no es seleccionar quién fracasa, es conseguir que la mayor parte de sus estudiantes alcance las competencias que necesita para ejercer una profesión.

Cuando un alumno comienza una asignatura llega con un nivel determinado, con unas capacidades concretas y con unas expectativas muy definidas. Nuestro trabajo consiste precisamente en partir de esa realidad para llevarlo más lejos. No hablo de rebajar la exigencia, pero sí de adecuar la enseñanza a la realidad de quienes tenemos delante. Son conceptos muy diferentes.

A menudo escucho que determinados grupos son especialmente malos. Puede ocurrir, hay promociones mejores y peores. Pero cuando los porcentajes de suspensos superan reiteradamente los dos tercios de los presentados, y puedo bajarlo hasta la mitad, algo empieza a fallar. Además, cuando el fenómeno se repite curso tras curso, quizá el problema ya no esté en el alumnado.

En economía estamos acostumbrados a evaluar resultados. Si una empresa fracasa sistemáticamente, analizamos sus procesos. Si una política pública no alcanza sus objetivos, revisamos su diseño. Si un modelo econométrico no predice adecuadamente, buscamos errores de especificación.

¿Por qué en la universidad debería ser diferente? ¿Por qué algunos docentes consideran normal que suspenda más del 50 % de sus alumnos y jamás se plantean que el problema pueda estar en su metodología, en sus sistemas de evaluación o en su forma de transmitir conocimientos? Nunca he entendido esa lógica.

Especialmente cuando se utilizan herramientas de evaluación que poco tienen que ver con las competencias que se pretende desarrollar. Exámenes tipo test con respuestas prácticamente indistinguibles, preguntas diseñadas para confundir más que para medir conocimiento, o pruebas que ni siquiera otros compañeros de área resolverían con comodidad no son necesariamente sinónimo de rigor. Son simplemente sinónimo de mala evaluación.

La exigencia auténtica consiste en plantear problemas reales, situaciones complejas, casos aplicados, escenarios donde el estudiante tenga que demostrar que comprende lo que hace y por qué lo hace. Eso es precisamente lo que intento trasladar en mis asignaturas mediante ejercicios teórico-prácticos, evaluación continua con el desarrollo de informes económicos basados en problemas reales con una herramienta estrella: los modelos econométricos. Y es que la universidad debería parecerse más a la vida profesional que a una carrera de obstáculos.

Quizá por eso la palabra que mejor describe lo que siento cuando veo promociones enteras acumulando suspensos no es indignación, sino impotencia, la he sentido como alumno, profesor, investigador, colega. Porque detrás de cada estadística académica hay personas que han dedicado meses de trabajo, ilusión y esfuerzo a intentar alcanzar una meta.

Naturalmente habrá alumnos que no estudien, que abandonen o que no alcancen el nivel requerido. Siempre los habrá e incluso será más fácil que eso ocurra si se ha facilitado excesivamente el acceso obviando la vocación, suele ser una cuestión de 'selección natural' en los primeros cursos. Pero convertir el fracaso masivo en algo normal es probablemente uno de los mayores errores que puede cometer un docente.

La universidad existe para generar conocimiento, formar profesionales y crear oportunidades, no para fabricar bolsas permanentes de suspensos. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es por qué aprueban tantos alumnos en algunas asignaturas, la verdadera pregunta es por qué seguimos considerando normal que fracasen tantos en otras.

La hormiga lleva muchos años entrando en aulas. Ha visto estudiantes brillantes, estudiantes perdidos y estudiantes que simplemente necesitaban que alguien les enseñara el camino adecuado. 

Pero también ha aprendido algo sencillo. Cuando un agricultor pierde tres cuartas partes de la cosecha todos los años, no pasa décadas culpando a las semillas. Antes o después revisa la tierra, el agua y la forma de cultivar.

Quizá la enseñanza tampoco sea tan diferente.

Dedicado a mis grandes maestros, los que me enseñaron a amar esta profesión: Leopoldo, Patricio, Alfonso y Antonio.

viernes, 15 de mayo de 2026

Andalucía 17-M: Moreno aspira a la mayoría absoluta mientras el PSOE lucha con no caer bajo el resultado de Espadas con errores y desgaste

La campaña andaluza llega a sus últimas horas con una sensación cada vez más instalada entre encuestas, analistas y conversación de calle: Juanma Moreno será el ganador claro del 17-M, mientras el PSOE vuelve a enfrentarse a un problema que ya no parece puntual, sino estructural, la incapacidad de construir un relato ilusionante en un contexto nacional cada vez más desgastado.

Los promedios demoscópicos publicados durante la última semana sitúan al PP andaluz entre los 54 y 58 escaños, muy por delante del resto de fuerzas y consolidando una posición dominante que permitiría a Moreno gobernar con enorme comodidad e incluso lograr nuevamente cifras en la mayoría absoluta, ese es el reto, no necesitar a VOX para gobernar, los deberes y la canción se han hecho, veremos la participación y los restos provinciales si hacen que logre los 55 escaños necesarios.

El PSOE de María Jesús Montero se movería en una horquilla de 26 a 30 diputados, muy lejos de los números necesarios para disputar realmente la presidencia de la Junta. Realmente su lucha es no quedar bajo la última barrera de Espadas en 2022 que dejó en los ahora casi inalcanzables 30 diputados. Vox conservaría un espacio relevante con entre 13 y 16 escaños, mientras la izquierda alternativa seguiría atrapada en la fragmentación, con previsiones conjuntas que rondan entre 7 y 10 representantes. En mi opinión veo mas cerca de los 27 a la primera y de los 9-11 al segundo tándem.

Pero más allá de las cifras, la campaña deja algo aún más importante: la sensación de que Andalucía ha terminado funcionando como un espejo del clima político nacional.

Y ahí el PSOE ha sufrido especialmente, desde el fiasco de la presentación de su candidata como salvadora.

(La imagen arroja mi estimación tras observar los últimos resultados de encuestas, creada con ChatGPT+)

Una campaña marcada por el desgaste y los errores

El gran problema socialista no ha sido únicamente la ventaja del PP, ha sido la percepción de agotamiento. Por momentos, la campaña del PSOE andaluz ha transmitido más preocupación por resistir el golpe que capacidad real para cambiar el estado de ánimo del electorado. Y en política, cuando un partido entra en modo defensivo, cada error amplifica sus consecuencias.

El episodio más delicado llegó tras las declaraciones de Montero sobre la muerte de los dos guardias civiles persiguiendo una narcolancha en Huelva, al referirse al caso como un “accidente laboral”. Aunque desde el entorno socialista se intentó posteriormente matizar el contexto de las palabras, el daño político ya estaba hecho, junto a la oposición a declararla profesión de riesgo desde el Parlamento nacional. Porque en Andalucía —y especialmente en provincias con fuerte vínculo emocional con las fuerzas de seguridad— aquello no se interpretó como una cuestión semántica o técnica.

Y probablemente ha sido uno de los momentos de campaña que mejor ha aprovechado el bloque conservador para reforzar la idea de desconexión entre el discurso gubernamental y una parte importante de la sociedad.

En política moderna, muchas veces no destruye tanto una frase mal formulada como la sensación emocional que deja detrás. Y esta vez el PSOE no consigue apagar ese nuevo 'incendio'.

Lo que realmente está diciendo Andalucía

Las encuestas probablemente no anticipan un terremoto. Pero sí algo quizá más profundo: un cambio gradual de humor político. La sensación dominante no es tanto entusiasmo por el PP como cansancio hacia el modelo de confrontación permanente que ha marcado buena parte de la política española reciente.

Y cuando el votante entra en fase de cansancio, suele premiar perfiles que transmiten gestión, previsibilidad y ausencia de ruido.

Ahí Moreno ha entendido perfectamente el clima emocional, este puede ser el hecho diferencial el domingo por la noche.

Translate