viernes, 20 de marzo de 2026

¿Quieres medir tu felicidad y calidad de vida social?

 

Un índice científico para medir su felicidad social y calidad de vida

Na_Studio/Shutterstock
Víctor Raúl López Ruiz, Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Universidad de Castilla-La Mancha

¿Alguna vez se ha preguntado por qué dos personas que viven en la misma ciudad, trabajan en el mismo sector y tienen ingresos similares sienten niveles de bienestar tan distintos? ¿Y si pudiera medir su felicidad social, del 1 al 10, con un índice diseñado con método científico?

El progreso de las sociedades se ha medido usualmente a través de indicadores económicos. Sin embargo, un país puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, experimentar problemas de desigualdad, polarización, precariedad laboral o deterioro ambiental.

Por este motivo, las investigaciones en ciencias sociales intentan responder a una pregunta aparentemente sencilla pero metodológicamente compleja: ¿cómo medir realmente la calidad de vida?

A qué llamamos calidad de vida

El primer reto aparece al intentar definirla. Algunos piensan en los servicios sociales como salud o educación, otros en la economía familiar, otros en el trabajo y otros en el barrio donde fijan su residencia. Todos tienen razón, pero solo en parte.

Durante años hemos usado distintos indicadores con este fin. Uno de los más influyentes es el Better Life Index desarrollado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que propone medir el bienestar a partir de once dimensiones, entre ellas empleo, educación, medioambiente, seguridad y satisfacción con la vida.

A partir de este enfoque multidimensional han surgido propuestas científicas que usan ponderaciones similares –en España, por ejemplo, el Indicador Multidimensional de Calidad de Vida del INE– o métodos que integran dimensiones con distintas técnicas. Todos ellos permiten medir la calidad de vida de los habitantes de un país o región.

En esta línea, y tras una revisión de los índices existentes y un proceso de reflexión y aprendizaje colectivo de Big Data, los expertos que formamos parte del Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV) del Grupo de Investigación en Capital Intelectual (ICRG) hemos diseñado el Multidimensional Index of Social Quality of Life (MISQL).

Comience a medir su felicidad

La nueva herramienta se centra en la calidad de vida social. Es decir, en aquello que depende del entorno y de las relaciones: familia, empleo y clima laboral, confianza comunitaria, seguridad, ocio y cultura, movilidad, medio ambiente urbano, capacidades digitales, etc.

El índice MISQL invita a detenernos unos minutos para reflexionar sobre el día a día, identificar los factores que generan equilibrio personal y comprender cómo influyen las relaciones y el contexto en el bienestar cotidiano.

Para desarrollar este método comenzamos preguntándonos qué factores sociales influyen realmente en cómo una persona evalúa su propia vida. Para responder, analizamos miles de respuestas proporcionadas anualmente por ciudadanos españoles desde 2020.

Esperábamos que la economía personal ocupase el primer lugar, pero no ha sido así: la familia y la satisfacción laboral son dimensiones más influyentes que el dinero. También destaca la confianza en el vecindario y la integración social, o sea, esa clara sensación de que podemos caminar tranquilos en nuestro entorno o de que nuestros vecinos estarán ahí si los necesitamos.

El índice toma forma cuando aplicamos coeficientes estandarizados desde un modelo socioeconométrico, permitiendo obtener ponderaciones objetivas (pesos derivados de los propios datos, no de nuestras preferencias como investigadores). Ese paso ha sido crucial, dejando que hablasen las respuestas reales de la gente.

El peso de la ciudad, el barrio y el territorio

Al aplicar el modelo sobre más de 4 100 respuestas en España para 2025, la dimensión social explica el 64 % de la variación del bienestar percibido. El resto corresponde, en buena medida, a la esfera personal (salud física y psicológica, desarrollo personal, espiritualidad, estilo de vida) y a los límites propios de cualquier medición basada en encuestas.

Esas proporciones muestran el enorme peso que tienen nuestras ciudades, barrios y entornos en cómo nos sentimos.

En cuanto a las diferencias territoriales, el índice encuentra patrones que invitan a pensar. No se trata de comunidades ganadoras y perdedoras, sino de distintas formas de vivir y sentir el entorno. Comunidades autónomas como La Rioja, Navarra, Aragón o Castilla-La Mancha muestran un equilibrio interesante entre satisfacción residencial, felicidad declarada y calidad de vida social percibida. Estas regiones destacan no tanto por cuestiones de renta personal, sino por su cohesión y la satisfacción de sus habitantes con su entorno.

Además, la dimensión de la población está asociada al mercado de la vivienda. Así, aquellas poblaciones con servicios de calidad, fácil accesibilidad y baja densidad sacan una clara ventaja en la puntuaciones del índice.

Esta nueva herramienta no es un mero ejercicio académico o individual, sino una brújula para que los responsables públicos identifiquen prioridades reales agregadas. En un mundo complejo, necesitamos indicadores que no solo midan lo que producimos, sino cómo vivimos y lo qué realmente importa.

Cómo nos sentimos en comunidad

Una cuestión que muchas personas se plantean es qué hace que nuestra vida sea, en esencia, “buena”. Y eso es lo que permite resolver el índice MISQL.

No se trata solo de obtener una puntuación, sino de favorecer una mirada más consciente sobre cómo vivimos con otros, cómo nos sentimos en nuestra comunidad y qué elementos fortalecen –o debilitan– esa armonía.

Cualquier persona puede entender mejor por qué se siente como se siente, reconociendo qué aspectos clave de su entorno social pesan más en su calidad de vida. Ahora es posible evaluar y comparar nuestra felicidad con la de la población en general, lo que permite descubrir cuáles son los condicionantes que predominan para la mayoría y qué áreas personales debemos potenciar.

Por último, cuidado con la paradoja de la felicidad: preguntarse constantemente si uno es feliz puede llevar a dejar de serlo. A menudo se experimenta mejor cuando no se busca obsesivamente, sino cuando se vive el presente con un objetivo claro. Ahora podemos observar las tendencias de nuestras sociedades desde cada individuo, permitiendo definir mejor el propósito en nuestro presente.

Víctor Raúl López Ruiz, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Econometría), Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Estadística), Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Profesora Contratada Doctora, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

jueves, 26 de febrero de 2026

Democracia, nuestra deuda con un jefe de Estado en un exilio irracional



La democracia española no cayó del cielo. No fue un regalo automático de la historia ni una consecuencia inevitable de la muerte de Francisco Franco. Fue una decisión política. Y esa decisión tuvo nombres propios. Uno de ellos fue Juan Carlos I.

Pudo optar por la continuidad del régimen. Tenía margen para hacerlo. Eligió, sin embargo, abrir el sistema. Y para ejecutar esa apertura confió en Adolfo Suárez. El tándem desmontó desde dentro el edificio autoritario: legalización de partidos, elecciones libres, Constitución de 1978. Nada estaba garantizado. Todo podía fracasar.

La prueba definitiva llegó el 23 de febrero de 1981. El golpe encabezado por Antonio Tejero no fue un episodio menor. Aquella noche, la intervención televisada del rey, en uniforme de capitán general, no fue simbólica: fue decisiva. El mensaje fue inequívoco. No habría marcha atrás. El Estado no respaldaba la involución. Esa es la verdad histórica, más allá de las revisiones interesadas.

Después vinieron las sombras. Los errores personales. Las conductas cuestionables. Las investigaciones fiscales. Nada de eso debe ocultarse. Una democracia adulta no blanquea comportamientos individuales. Pero tampoco borra la memoria institucional.

Hoy, el rey que pilotó la apertura democrática vive fuera de España sin condena penal alguna. Su situación se asemeja a un destierro asumido como peaje político en un clima de polarización y cálculo partidista. Y ahí surge la incomodidad.

¿Puede una democracia negar reconocimiento a quien fue decisivo en su nacimiento?
¿Debe el jefe del Estado que facilitó la soberanía popular terminar sus días lejos de su país?

No se trata de blindar conductas privadas. Se trata de proporcionalidad histórica. España le debe la democracia a una generación —a Suárez, a los constituyentes, a millones de ciudadanos— y también al rey que eligió reforma frente a continuidad.

Quizá el verdadero examen de nuestra democracia no esté en cómo juzga los errores, sino en cómo reconoce los servicios decisivos. Y en esa balanza, nos guste más o menos, la deuda sigue ahí.

Y hay una imagen que interpela. ¿Cómo se imagina un funeral de Estado de Juan Carlos I si llega desde un destierro tácito? Hablamos además del padre del actual jefe del Estado, Felipe VI. Hablamos de continuidad institucional y de la imagen exterior de España.

Y en paralelo, se reabren papeles, se desclasifican documentos del 23F, se reactivan debates históricos en momentos políticamente sensibles. ¿Transparencia necesaria? Siempre. ¿Oportunidad política calculada? Algunos lo interpretan así.

En un contexto de debilidad parlamentaria y polarización, cualquier movimiento sobre la memoria institucional tiene lectura estratégica. Y no son pocos los que ven en ciertos gestos una señal dirigida a equilibrios internos, a presiones cruzadas, incluso a sensibilidades que orbitan en torno a Zarzuela.

La cuestión de fondo es simple: ¿memoria con altura de Estado o memoria de coyuntura?

La hormiga no pide impunidad. Pide perspectiva.
No exige olvido. Exige proporción.

Porque cuando llegue ese día —y llegará— España no solo despedirá a un hombre. Se despedirá de una etapa fundacional. Convendría que, cuando eso ocurra, la democracia no tenga que explicar por qué confundió justicia con ingratitud.




viernes, 6 de febrero de 2026

Aragón espera este domingo una caída de Alegría que trasvasará a Vox, Azcón (PP) al borde de los 30 escaños


Las encuestas publicadas (ver como ejemplo RTVE) en los días previos al 8-F dibujan en Aragón algo más que una fotografía electoral: anticipan un movimiento de placas en el tablero político autonómico, con consecuencias que van más allá del Ebro.

El Partido Popular de Jorge Azcón se consolida como primera fuerza, con una estimación cercana al 38–39 % del voto y un resultado que oscilaría entre 29 y 30 escaños. Un crecimiento claro, sostenido, pero insuficiente para gobernar en solitario. El PP gana, pero no cierra el círculo: la aritmética vuelve a situar a Vox como socio necesario.

El PSOE de Pilar Alegría, en cambio, firma uno de sus peores escenarios históricos en Aragón. Los sondeos le asignan 17–18 escaños, confirmando un desplome electoral que no se explica solo por desgaste de gobierno, sino por una crisis de relato y de identidad. Parte del electorado socialista se disuelve hacia la abstención; otra parte migra sin complejos hacia la derecha.

Ahí aparece Vox, el otro gran protagonista del ciclo. Con estimaciones de hasta 11–12 escaños, la formación recoge buena parte del voto socialista perdido y se convierte en actor estructural del nuevo bloque conservador. No crece solo por movilización propia: crece por trasvase, por ruptura emocional con el PSOE y por una polarización que castiga al centro-izquierda.

El mapa se completa con el hundimiento definitivo de Podemos y del PAR, que quedarían fuera del Parlamento, y con una izquierda cada vez más fragmentada. En ese contexto, Chunta Aragonesista resiste e incluso mejora ligeramente (3-4 escaños), confirmando que identidad, coherencia y territorio siguen siendo activos electorales cuando el resto se diluye. IU-Sumar (2 escaños, subiría uno) mantiene una presencia menor, sin capacidad de compensar la pérdida global del bloque progresista.

Aragón, así, no solo decide un gobierno. Ensaya un cambio de ciclo. Un escenario donde la derecha se ordena, la izquierda se divide y el centro desaparece como espacio político reconocible.

Ciertamente las derechas del parlamento aragonés superan claramente el 55%, este giro a la extremeña incluso puede mantener un gobierno en minoría del PP, pero siempre con el permiso del ganador moral de la cita, un VOX revitalizado con cerca de un 17% del electorado. Alegría parece haber hecho los deberes llevando al PSOE aragonés a un fracaso anunciado e histórico, similar al logrado hace unos días por Gallardo.

La hormiga lo ve claro:

Alegría firma de nuevo el descalabro de un sanchismo que no da más de sí.
Cuando el relato se agota, los votos emigran. Aragón no solo anticipa un gobierno: ensaya un cambio de ciclo. Y cuando los ciclos se mueven en las autonomías, las generales dejan de ser una hipótesis y empiezan a parecer un calendario.


miércoles, 10 de diciembre de 2025

El problema de la vivienda, la corrupción y la desigualdad social erosionan la calidad de vida de los españoles

 

Podemos afirmar sin rodeos que el índice ponderado de felicidad social y calidad de vida de los españoles vuelve a retroceder en 2025. Este índice, elaborado por el Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV), es de tipo subjetivo y mide las percepciones reales sobre el entorno residencial, familiar, laboral y económico.

El estudio anual recoge los factores sensibles al bienestar social, como la oferta de servicios públicos, integración social, política de vivienda, planificación urbana, gestión y gobernanza, unidos a cuestiones coyunturales como las crisis sanitarias o económicas.

El dato es claro: 7,17 sobre 10, dos décimas menos que en 2024 y medio punto por debajo del máximo alcanzado en 2020. Detrás del descenso aparece un triángulo muy reconocible: precio de la vivienda, corrupción e integración social. A estos tres pilares se suman dos fenómenos que erosionan estructuralmente nuestro bienestar: el edadismo digital, visible para tres de cada cuatro españoles en una población que envejece, y la soledad no deseada, que afecta al 40 % de los jóvenes adultos menores de treinta años.

El muro que crece cada año

España vive un momento crítico en el mercado inmobiliario. En Baleares, Madrid y Cataluña los precios han superado ya los de la burbuja de 2008. No se trata de un vaivén coyuntural, es un problema que atraviesa la vida de miles de familias.

¿Qué implica esto para la sociedad? El acceso a la vivienda se ha convertido en un desafío insalvable para jóvenes, parejas que quieren emanciparse y clases medias que ven cómo su alquiler sube año tras año, mientras una hipoteca se convierte en un sueño imposible. El resultado es conocido: más precariedad, expulsión de residentes hacia zonas periféricas y pérdida progresiva de estabilidad.

La falta de intervención pública, la caída en la oferta privada, la presión de la demanda, las tensiones inflacionistas en el mercado de alquiler y el auge de los alojamientos turísticos en grandes ciudades y áreas costeras componen un cóctel que genera desigualdad y vulnerabilidad.

En el estudio para 2025 los residentes valoran la relación entre precio, ubicación y calidad de la vivienda cerca del mínimo posible: apenas una puntación de 1 sobre 10 en las zonas más tensionadas. Solo aprueban Extremadura, La Rioja y algunas áreas de baja presión demográfica y turística en Castilla y León y Castilla-La Mancha. La España rural despoblada sigue sin consolidarse como alternativa residencial, más allá del refugio temporal que ofreció durante los meses más duros de la pandemia.

Precio de la vivienda relacionado con calidad y ubicación. Observatorio de intangibles y calidad de vida (OICV_ICRG). España 2025.


Turismo: ¿impulso económico o amenaza?

El turismo se ha convertido en el motor económico de muchas zonas costeras y de interior, transformando su paisaje urbano y social. Sin embargo, detrás de las cifras récord de visitantes y los titulares sobre crecimiento económico surge una pregunta clave: ¿cómo afecta realmente esta actividad a la calidad de vida de quienes habitan estos destinos?

Por un lado, el turismo trae consigo beneficios indiscutibles. Genera empleo, impulsa la inversión en infraestructuras y mejora servicios que también disfrutan los residentes. Además, la interacción con visitantes fomenta la apertura social y el intercambio cultural, enriqueciendo la identidad local.

No todo es positivo. De media, el 30 % de los residentes ponen un suspenso a su relación con el turismo, llegando al 50 % en regiones tensionadas como Baleares, Cataluña o Cantabria.

La llegada masiva de turistas en temporada alta tensiona los recursos básicos: hospitales saturados, transporte colapsado y servicios públicos al límite. A esto se suma el encarecimiento de la vivienda en propiedad y en alquiler, la pérdida de espacios comunitarios y el deterioro ambiental, que amenaza tanto la biodiversidad como la esencia cultural de las ciudades. El resultado puede ser una paradoja: mientras la economía florece, la vida cotidiana se complica.

La clave está en la planificación. Un turismo sostenible, que regule el uso del suelo, proteja el medio ambiente y escuche a la comunidad, puede equilibrar la balanza. Sin estas medidas, el riesgo es evidente, aquello que atrae a los turistas puede acabar expulsando a quienes habitan esos lugares por el bloqueo al acceso de vivienda y de servicios de transporte.

La exclusión tecnológica sigue siendo un problema

Vivimos en una sociedad sostenida relacionalmente por la infraestructura digital. La tecnología conecta, pero abre nuevas brechas. A las desigualdades clásicas, como la salarial de género, se suman otras de naturaleza digital.

El edadismo digital reduce la calidad de vida de las personas mayores. La exclusión tecnológica no es un inconveniente menor, pues implica problemas para acceder a servicios, sentirse desorientados, perder autonomía y caer en situaciones de aislamiento social. El umbral crítico aparece en torno a los 75 años.

Y no están solos. La soledad no deseada alcanza niveles alarmantes entre los jóvenes menores de 30 años. De este modo España, en 2025, convive con dos polos de soledad que crecen a la vez.

A ello se suma un clima social complejo. La polarización política y la mala gestión pública generan incertidumbre y minan la confianza ciudadana. La falta de políticas de integración, la inmigración de baja cualificación y las grietas en el mercado laboral están creando nuevos guetos urbanos de pobreza y exclusión.

El IX informe Fundación FOESSA sobre exclusión y desarrollo social en España (informe Cáritas 2025) pone de manifiesto una situación de profunda fragmentación social y aumento de la exclusión, con 9,4 millones de personas en riesgo de pobreza.

La llamada clase media se ha reducido sustancialmente, ampliándose las brechas sociales. Aunque se ha incrementado el salario mínimo, se está produciendo un efecto nivelación a la baja del salario medio en los trabajos cualificados que empeora la capacidad adquisitiva.

Corrupción en la Comunitat Valenciana

Además, la corrupción provoca una separación entre clase política y sociedad, lo que resulta en las peores valoraciones del estudio en 2025. La Comunitat Valenciana presenta hoy los valores más críticos, después de haber encabezado el ranking en 2024, ejercicio en el que el trabajo de campo se cerró justo antes de la dana.

La calidad de vida se resiente en zonas urbanas, turísticas y tecnológicamente exigentes. Más españoles viven en situación de vulnerabilidad y el bienestar retrocede. Cuando el deterioro es constante, hay que intervenir.The Conversation

Víctor Raúl López Ruiz, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Econometría), Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Estadística), Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Profesora Contratada Doctora, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.


The Conversation

lunes, 3 de noviembre de 2025

El barómetro que se mira al espejo colgado a la izquierda

Cada mes, el CIS nos entrega una nueva fotografía del país. Pero conviene recordar que toda fotografía depende del lente con que se toma y de la luz que la ilumina. En los barómetros de septiembre y octubre, más que una imagen de la realidad, parece que asistimos a un reflejo: el de la voluntad de quien sostiene la cámara.

Porque, ¿Qué ocurre cuando la muestra se inclina —aunque sea apenas— hacia un lado del tablero? Cuando la estadística, que debería medir con equilibrio, se convierte en instrumento de relato. En los últimos sondeos del CIS, las diferencias entre las estimaciones y el comportamiento real de los votantes han reabierto el debate sobre la neutralidad del instituto. Y no es un asunto menor: la confianza en los datos es el fundamento invisible de cualquier democracia informada. Vamos al dato, en la metodología la media entre izquierda y derecha de la muestra se desvía hacia la primera en un punto desde el 5,5 al 4,53 exactamente.

Los márgenes de error, las ponderaciones o la selección de las muestras no son tecnicismos: son el corazón del método. Si se elige más a unos que a otros, si se ajustan los pesos según la conveniencia del momento, el resultado deja de reflejar la opinión pública y empieza a fabricarla. En Octubre el CIS entrevistó apenas a 4000 españoles, de los que unos 3300 votaron en 2023, pues recuerdan haber votado en la muestra del CIS al PP sólo un 18,9% cuando fue cerca del 34% de la población, el fiasco y sesgo no deja dudas. 

No se trata de desconfiar de la demoscopia, sino de exigirle rigor. Las encuestas no deberían decirnos lo que debemos pensar, sino ayudarnos a comprender cómo pensamos colectivamente. Ahí radica el verdadero valor del CIS: en ser espejo, no decorado.

Quizá haya llegado el momento de recordar que la estadística no tiene ideología, solo método. Que el dato, cuando se manipula, pierde su alma. Y que detrás de cada número hay ciudadanos reales, con vidas, con dudas, con votos que pesan más que cualquier estimación.

Al final, todo barómetro mide también la temperatura de la confianza. Y en estos tiempos de ruido, conviene recordar que el secreto del hormiguero está en mirar debajo de los datos. el señor Tezanos a olvidado la ética que se inculca en la academia, son privilegios de un emérito, o de un político que fue científico.



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