No obstante, tras más de treinta y tres años como profesor universitario, más de una década como estudiante con dos licenciaturas y un doctorado, antes y después de ocupar el otro lado de la mesa, y toda una vida vinculada al mundo de la educación, hay una convicción que no solo mantengo, sino que cada curso veo más clara: si un profesor suspende sistemáticamente a una gran parte de su alumnado, antes de buscar explicaciones en los estudiantes debería empezar por mirarse a sí mismo.
Sé que esta afirmación incomoda, también que muchos compañeros responderán inmediatamente con argumentos conocidos para justificarlo: "el nivel ha bajado, los estudiantes llegan peor preparados, no trabajan lo suficiente, la universidad no puede regalar aprobados..."
Cierto que tienen razón, pero solo en parte. Porque una cosa es defender la exigencia y otra muy distinta convertir el suspenso masivo en una especie de medalla académica.
Durante toda mi trayectoria he impartido asignaturas como Introducción a la Econometría, Métodos y Modelos Econométricos, Sistemas de Información para la Dirección o Econometría Aplicada, entre otras. Materias cuantitativas que difícilmente pueden calificarse como sencillas. Sin embargo, mis tasas de aprobados han superado habitualmente el ochenta por ciento entre las dos convocatorias. No lo menciono como un mérito personal, lo hago porque demuestra algo importante, exigir y conseguir que los estudiantes aprendan no son objetivos incompatibles, más al contrario. La verdadera misión de un docente universitario no es seleccionar quién fracasa, es conseguir que la mayor parte de sus estudiantes alcance las competencias que necesita para ejercer una profesión.
Cuando un alumno comienza una asignatura llega con un nivel determinado, con unas capacidades concretas y con unas expectativas muy definidas. Nuestro trabajo consiste precisamente en partir de esa realidad para llevarlo más lejos. No hablo de rebajar la exigencia, pero sí de adecuar la enseñanza a la realidad de quienes tenemos delante. Son conceptos muy diferentes.
A menudo escucho que determinados grupos son especialmente malos. Puede ocurrir, hay promociones mejores y peores. Pero cuando los porcentajes de suspensos superan reiteradamente los dos tercios de los presentados, y puedo bajarlo hasta la mitad, algo empieza a fallar. Además, cuando el fenómeno se repite curso tras curso, quizá el problema ya no esté en el alumnado.
En economía estamos acostumbrados a evaluar resultados. Si una empresa fracasa sistemáticamente, analizamos sus procesos. Si una política pública no alcanza sus objetivos, revisamos su diseño. Si un modelo econométrico no predice adecuadamente, buscamos errores de especificación.
¿Por qué en la universidad debería ser diferente? ¿Por qué algunos docentes consideran normal que suspenda más del 50 % de sus alumnos y jamás se plantean que el problema pueda estar en su metodología, en sus sistemas de evaluación o en su forma de transmitir conocimientos? Nunca he entendido esa lógica.
Especialmente cuando se utilizan herramientas de evaluación que poco tienen que ver con las competencias que se pretende desarrollar. Exámenes tipo test con respuestas prácticamente indistinguibles, preguntas diseñadas para confundir más que para medir conocimiento, o pruebas que ni siquiera otros compañeros de área resolverían con comodidad no son necesariamente sinónimo de rigor. Son simplemente sinónimo de mala evaluación.
La exigencia auténtica consiste en plantear problemas reales, situaciones complejas, casos aplicados, escenarios donde el estudiante tenga que demostrar que comprende lo que hace y por qué lo hace. Eso es precisamente lo que intento trasladar en mis asignaturas mediante ejercicios teórico-prácticos, evaluación continua con el desarrollo de informes económicos basados en problemas reales con una herramienta estrella: los modelos econométricos. Y es que la universidad debería parecerse más a la vida profesional que a una carrera de obstáculos.
Quizá por eso la palabra que mejor describe lo que siento cuando veo promociones enteras acumulando suspensos no es indignación, sino impotencia, la he sentido como alumno, profesor, investigador, colega. Porque detrás de cada estadística académica hay personas que han dedicado meses de trabajo, ilusión y esfuerzo a intentar alcanzar una meta.
Naturalmente habrá alumnos que no estudien, que abandonen o que no alcancen el nivel requerido. Siempre los habrá e incluso será más fácil que eso ocurra si se ha facilitado excesivamente el acceso obviando la vocación, suele ser una cuestión de 'selección natural' en los primeros cursos. Pero convertir el fracaso masivo en algo normal es probablemente uno de los mayores errores que puede cometer un docente.
La universidad existe para generar conocimiento, formar profesionales y crear oportunidades, no para fabricar bolsas permanentes de suspensos. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es por qué aprueban tantos alumnos en algunas asignaturas, la verdadera pregunta es por qué seguimos considerando normal que fracasen tantos en otras.
La hormiga lleva muchos años entrando en aulas. Ha visto estudiantes brillantes, estudiantes perdidos y estudiantes que simplemente necesitaban que alguien les enseñara el camino adecuado.
Pero también ha aprendido algo sencillo. Cuando un agricultor pierde tres cuartas partes de la cosecha todos los años, no pasa décadas culpando a las semillas. Antes o después revisa la tierra, el agua y la forma de cultivar.
Quizá la enseñanza tampoco sea tan diferente.
Dedicado a mis grandes maestros, los que me enseñaron a amar esta profesión: Leopoldo, Patricio, Alfonso y Antonio.