miércoles, 16 de septiembre de 2026

Ceuta desde Ceuta, con voces 'caballas' que merece la pena escuchar

Llevamos semanas hablando de Ceuta. De cifras, inmigración, seguridad, Marruecos, responsabilidades políticas y decisiones tomadas desde Madrid. Pero quizá para comprender realmente lo que está ocurriendo haya que hacer algo mucho más sencillo, escuchar a quienes están allí.

Eso he intentado en mi canal de YouTube en los últimos programas. Con Yolanda y María José, las hermanas Carrera, desde la sociedad ceutí y diez días después, con Melchor León, vicepresidente y diputado socialista de la Asamblea de Ceuta.

Dos conversaciones muy diferentes que, sin embargo, dejan una sensación inquietante, cuando se escucha a Ceuta desde dentro, las versiones no parecen estar tan alejadas como cabría esperar.

La crisis vista desde una familia

La conversación con las hermanas Carrera, el 4 de septiembre, puso rostro a algo que las estadísticas difícilmente pueden recoger. Yolanda habló como madre. Contó cómo una de sus hijas, de diez años, había desarrollado un miedo que estaba condicionando su vida cotidiana hasta el punto de necesitar ayuda psicológica. Explicó sus dudas ante el regreso al colegio y cómo pequeñas parcelas de autonomía que comenzaba a conceder a sus hijas habían desaparecido.

Ese testimonio permite mirar la crisis desde otra perspectiva. No desde el número de llegadas o expedientes, sino desde una pregunta mucho más cercana: ¿hasta qué punto ha cambiado la vida diaria de los ceutíes?

Las hermanas Carrera describen una ciudad que todavía sienten lejos de la normalidad. Hablan de inseguridad, colegios, barrios, servicios públicos y, sobre todo, de incertidumbre. Son sus vivencias y sus interpretaciones, algunas muy contundentes, y precisamente por eso merece la pena escucharlas directamente. Porque el vídeo permite algo que un artículo no puede reproducir: ver cómo cuenta una madre lo que está ocurriendo en su propia casa.

Días después, la visión política

El 14 de septiembre regresamos a Ceuta. Esta vez uno de los protagonistas fue Melchor León, diputado del PSOE y vicepresidente de la Asamblea Ceutí (su gobierno autónomo).

La perspectiva cambiaba por completo. Ya no hablábamos únicamente de percepciones ciudadanas, sino de gestión, responsabilidades, frontera, número de personas que permanecen en Ceuta, expedientes, presión asistencial y decisiones políticas. Sin embargo, apareció una coincidencia significativa. León tampoco considera resuelto el problema. Su diagnóstico es que se está desplazando a personas entre diferentes puntos de la ciudad sin solucionar la cuestión de fondo y subraya algo difícil de entender después de mes y medio: la ausencia de una cifra aceptada sobre cuántas personas entraron y cuántas permanecen en Ceuta.

Pero quizá lo más interesante de la entrevista llega cuando entramos en política. León pertenece al mismo partido que el Gobierno de España y, pese a ello, formula críticas muy severas sobre la gestión realizada. Habla de avisos previos, del papel de la Delegación del Gobierno, de la actuación durante las primeras horas y de cómo debería protegerse la frontera. Son afirmaciones de enorme alcance y algunas constituyen su propia versión de hechos controvertidos. 

Por eso prefiero no anticiparlas aquí, hay que escucharlas de su propia voz.

¿Qué ocurre cuando juntamos las dos conversaciones?

Ahí está, para mí, lo verdaderamente interesante.

Una madre preocupada por sus hijas y un vicepresidente de la Asamblea hablan desde posiciones completamente distintas. Sin embargo, aparecen palabras comunes: incertidumbre, seguridad, normalidad, servicios públicos, frontera y necesidad de soluciones.

Y aparece también una idea que Juan Miguel Alcántara, catedrático de Marketing de la Universidad de Granada en el campus ceutí y compañero en estos programas, expresó con enorme sencillez al hablar de la respuesta de su universidad:

«¿Qué necesitáis, qué os falta? [...] Pregúntalo y te lo diremos». Quizá esa frase trascienda ampliamente el problema universitario. Después de tantas semanas hablando sobre Ceuta, puede que haya llegado el momento de escuchar más a Ceuta.

No hace falta coincidir con todo lo que dicen nuestros invitados. Yo mismo puedo compartir unas cosas y discrepar de otras. Pero escuchar las dos entrevistas consecutivamente permite entender algo que difícilmente transmiten los titulares nacionales, cómo se está viviendo esta crisis desde dentro de una ciudad de apenas 20 kilómetros cuadrados.

🐜Por eso esta vez no quiero contar mucho más. Están las dos conversaciones completas sobre estas líneas. Escuchen primero a la sociedad, después a la política. Saquen sus propias conclusiones.

viernes, 21 de agosto de 2026

Ceuta: cuando la frontera entra en tu vida


Desde la península, una frontera es una línea en un mapa. En Ceuta, la frontera forma parte de la vida. Hace algo más de dos años visité por primera vez la ciudad. Descubrí una Ceuta abierta, monumental, luminosa, orgullosa de su identidad y acostumbrada a convivir. Una ciudad española en el norte de África donde distintas culturas y religiones comparten un territorio extraordinariamente pequeño.

Allí conocí a Juan Miguel Alcántara, catedrático de la Universidad y, sobre todo, ceutí. Esta semana he querido sentarme con él durante casi 45 minutos para hablar de lo ocurrido desde el 30 de julio. La conversación me deja preocupado, más preocupado. Porque el problema de Ceuta no puede reducirse a contar cuántas personas entraron, cuántas regresaron a Marruecos o cuántas permanecen todavía en la ciudad.

El verdadero problema es social.

Ceuta tiene poco más de 80.000 habitantes y un territorio muy limitado. Cualquier fenómeno migratorio de gran intensidad afecta inmediatamente a sus calles, playas, servicios públicos, centros de acogida y, finalmente, a la convivencia. Eso obliga a plantearnos una pregunta quizá incómoda:

¿Dónde termina la solidaridad y dónde comienza la obligación del Estado de proteger la normalidad de quienes viven en una ciudad fronteriza?

No creo que ambas cosas sean incompatibles. Defender una política migratoria humanitaria no significa renunciar al control de una frontera. Y proteger una frontera tampoco debería significar olvidar la dignidad de quien intenta cruzarla. Pero una frontera que deja de funcionar termina trasladando el problema al interior. Y Ceuta no puede asumirlo sola.

En la conversación hablamos de inmigración y asilo, de menores no acompañados, de quienes quieren continuar hacia la península y Europa y de una cuestión especialmente preocupante: ¿puede acabar Ceuta convertida en un enorme espacio de espera y acogida? Sería un grave error.

Ceuta no puede convertirse en el lugar donde España o Europa depositen un problema que no saben resolver, ni puede pedirse a sus habitantes que acepten indefinidamente como normal una situación excepcional.

Además, Marruecos no es únicamente el país situado al otro lado de la frontera. Es un socio estratégico de España, pero también un Estado con intereses propios y con una posición histórica conocida respecto a Ceuta. Por eso, cuando una entrada masiva desborda una frontera en un periodo extraordinariamente corto, la cuestión deja de ser exclusivamente migratoria. Se convierte también en un problema diplomático, de seguridad y de responsabilidad política.

Y ahí España necesita una política clara.

Juanmi utiliza durante la entrevista una expresión especialmente dura para describir cómo sienten muchos ceutíes la situación: “Somos huérfanos de Estado”.

Podremos compartir o no su diagnóstico, discutir cifras, responsabilidades o soluciones. Pero un Estado debería preocuparse cuando una parte de sus ciudadanos comienza a sentirse así.

Porque detrás de las grandes palabras —inmigración, geopolítica, soberanía, Europa— hay padres que dudan si dejar salir a sus hijos, turistas que se marchan, negocios que pierden actividad y ciudadanos que se preguntan si el resto de España comprende realmente lo que están viviendo.

Ceuta siempre ha convivido con su frontera. Lo que no podemos pedirle es que viva permanentemente dentro de ella.

🐜 La Hormiga

Las fronteras se dibujan con una línea. Pero tras de ella viven personas.

Cuando una frontera falla, no falla un mapa. Falla la tranquilidad de una familia, la confianza de una sociedad y la obligación de un Estado de estar presente. Quizá por eso, antes de discutir sobre Ceuta, deberíamos hacer algo mucho más sencillo: escuchar a Ceuta.

La Segunda entrevista incorpora la visión de la invasión el 30-31 de Julio por un turista y la vida de un cartero en el día a día durante agosto (cuenta con más de 7000 vistas en YouTube. 



jueves, 2 de julio de 2026

El profesor no compite con la inteligencia artificial


La irrupción de la inteligencia artificial (IA) ha abierto un intenso debate en la universidad. Para algunos representa una amenaza para el aprendizaje; para otros, el principio del fin de la enseñanza tal y como la conocemos. Mi impresión es bastante distinta.

La universidad ya ha vivido transformaciones similares. Ocurrió no hace tanto con las calculadoras científicas, con el ordenador personal, con internet, con los campus virtuales o con los programas econométricos. Siempre aparecieron voces anunciando que aquellas herramientas empobrecerían el aprendizaje. Con el tiempo comprobamos que no sustituían el conocimiento, sino que cambiaban la forma de adquirirlo.

Con la IA sucede exactamente lo mismo. Nunca he pensado que un estudiante aprenda más por invertir horas en tareas mecánicas que una herramienta puede resolver en segundos. Lo importante no es obtener un resultado, sino comprenderlo, interpretarlo y ser capaz de utilizarlo para resolver problemas reales. Ahí está la diferencia entre aprender y repetir.

La IA puede resumir documentos, localizar bibliografía, generar ejemplos o ayudar a estructurar una idea. Puede ahorrar tiempo, abrir perspectivas e incluso mejorar la productividad académica. Lo que no puede hacer es sustituir el criterio, la curiosidad, el pensamiento crítico ni la capacidad para formular buenas preguntas. Esta es la razón por la que no veo la inteligencia artificial como una amenaza para la docencia, sino como una oportunidad para hacerla mejor.

Hace más de veinte años que mis alumnos disponen desde el primer día de guías, materiales, vídeos sintéticos, ejercicios y casos prácticos en formato digital. Nunca he entendido el aula como un lugar donde simplemente se entrega información. Esa información ya estaba antes en los libros y hoy está, además, al alcance de cualquiera.

Precisamente por eso creo que el profesor no compite con la IA. Compite, si acaso, con una forma de enseñar basada únicamente en transmitir información. Y esa batalla estaba perdida mucho antes de que apareciera la IA.

Hoy enseñar consiste menos en transmitir información y mucho más en ayudar a interpretarla, seleccionarla, cuestionarla y convertirla en conocimiento útil. La IA no reduce esa responsabilidad. La multiplica. Porque cuanto más fácil resulta obtener respuestas, más importante es aprender a formular buenas preguntas, distinguir una respuesta correcta de una respuesta simplemente convincente y desarrollar un criterio propio. Esa sigue siendo una tarea profundamente humana.

La universidad no debería preguntarse cómo prohibir la IA. Debería preguntarse cómo enseñar a utilizarla con rigor, ética y sentido crítico. Igual que nadie discute hoy el uso de una calculadora, un ordenador o un programa específico, dentro de unos años la IA será una herramienta más. La diferencia y la ventaja seguirá estando, como siempre, en quién la utiliza y para qué. 

La hormiga aún recuerda cuando algunos aseguraban que las calculadoras acabarían con las matemáticas o que internet haría innecesarios a los profesores. No ocurrió entonces y tampoco ocurrirá ahora.

Las herramientas nunca han sustituido a los buenos docentes. Lo que hacen es poner más en evidencia la diferencia entre quien simplemente transmite información y quien consigue despertar conocimiento. Porque el profesor no compite con la IA. Compite cada día por seguir siendo imprescindible allí donde ninguna máquina puede llegar: el criterio, la inspiración y el aprendizaje con sentido.

miércoles, 24 de junio de 2026

La presencialidad no se impone, se gana


Uno de los debates recurrentes en la universidad gira en torno a la asistencia a clase. Cada curso vuelven las mismas preguntas en los claustros: "por qué los alumnos no acuden al aula, qué mecanismos pueden utilizarse para incentivar su presencia o si la evaluación continua debe servir también para garantizarla".

Nunca he sido partidario de obligar a nadie a asistir a una de mis clases, otra cosa son determinados eventos competenciales de los que podremos hablar en otro momento. Y lo digo después de más de treinta y tres años como profesor universitario y de más de dos décadas como estudiante entre licenciaturas, doctorado y otros procesos de formación. No porque crea que la presencialidad carece de valor, sino precisamente porque creo en ella.

Siempre me ha parecido que la universidad debe ser también un espacio de responsabilidad personal. Por eso nunca he entendido la necesidad de justificar ausencias ni de controlar entradas y salidas del aula. Los estudiantes universitarios son adultos que toman decisiones sobre su formación y deben asumir también las consecuencias de esas decisiones.

La máxima satisfacción de un profesor no debería ser pasar lista. De hecho, nunca lo he hecho. El primer día de clase suelo dedicar unos minutos a presentarnos, todos los que estamos en el aula. La verdadera satisfacción llega cuando uno entra en clase y la encuentra llena porque los estudiantes consideran que merece la pena estar allí.

Quizá mi forma de entender este asunto tenga mucho que ver con mi propia experiencia. Como alumno también elegía. Había asignaturas a las que acudía sistemáticamente porque sentía que cada clase me aportaba algo que no podía obtener por mi cuenta. Otras veces valoraba si el tiempo invertido compensaba realmente el aprendizaje obtenido. Lo hacíamos entonces y lo siguen haciendo los estudiantes de hoy.

La experiencia más reveladora la viví precisamente en una universidad de enseñanza no presencial. Nadie me obligaba a asistir a tutorías, pero en determinadas asignaturas buscaba a los tutores para hablar con ellos, discutir contenidos, profundizar en conceptos o comprender mejor determinadas competencias. Cuando existe interés intelectual, la presencialidad deja de ser una obligación y se convierte en una necesidad.

Hay además una paradoja que siempre me ha llamado la atención. Llevo más de veinte años sin entrar en clase con un solo papel. Las guías, planificaciones, los guiones de trabajo, los materiales complementarios, los vídeos sintéticos, los ejercicios y los casos prácticos han estado disponibles digitalmente para mis alumnos desde el primer día mucho antes de que la digitalización educativa se convirtiera en una consigna institucional. Nunca he entendido el aula como un lugar donde se distribuye información. Para eso existen otros medios mucho más eficientes.

Precisamente por eso sigo creyendo en la enseñanza presencial.

La clase no puede consistir en leer unas diapositivas que el alumno ya tiene en su ordenador ni en repetir contenidos que aparecen en cualquier manual encorsetados por un temario inflexible. Su valor está en interpretar, relacionar, contextualizar y discutir esos contenidos desde la experiencia académica y profesional. Está en conectar la teoría con la realidad y en transformar información en conocimiento útil. Cualquiera de mis estudiantes asocia deflactar al coste de un simple café o varios correlacionado con un billete, y eso no está de esa forma explicitado en ningún libro o temario, es experiencia.

A veces escucho decir que los estudiantes ya no son como antes. Probablemente sea cierto. Pero tampoco los profesores deberíamos ser exactamente los mismos que hace treinta años. La universidad ha cambiado, las herramientas han cambiado y las formas de aprender también. Lo que no ha cambiado es la necesidad de despertar interés.

Durante años he escuchado que la solución a las aulas vacías pasa por endurecer los controles de asistencia, personalmente nunca lo he visto así. Obligar a un estudiante a ocupar físicamente una silla puede resolver una estadística, pero difícilmente resolverá un problema educativo. La verdadera cuestión es si el alumno siente que pierde algo importante cuando decide no acudir.

La asistencia es probablemente uno de los indicadores más sinceros de la calidad percibida de una asignatura. Por eso creo que el debate suele plantearse de forma equivocada. Más que preguntarnos por qué los estudiantes no vienen a clase, quizá deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que quieran venir.

La hormiga

La hormiga ha conocido universidades sin internet, con internet, con campus virtuales y ahora con inteligencia artificial. Sin embargo, ha observado algo que apenas ha cambiado con el tiempo, los estudiantes siguen acudiendo allí donde sienten que aprenden algo que merece su esfuerzo.

Por eso sospecha que muchas aulas vacías no son un problema de presencialidad. Son, sobre todo, un problema de propuesta de valor. Porque la presencialidad, como el respeto académico, la autoridad intelectual o la confianza, no suele ser consecuencia de una norma, sino del valor que otros perciben en nosotros.

jueves, 18 de junio de 2026

El mayor fracaso docente es aceptar que un alto nivel de suspensos es un problema del alumnado

Hay ideas que uno va construyendo con los años. Otras, sin embargo, llegan pronto y el tiempo simplemente se encarga de confirmarlas.

No obstante, tras más de treinta y tres años como profesor universitario, más de una década como estudiante con dos licenciaturas y un doctorado, antes y después de ocupar el otro lado de la mesa, y toda una vida vinculada al mundo de la educación, hay una convicción que no solo mantengo, sino que cada curso veo más clara: si un profesor suspende sistemáticamente a una gran parte de su alumnado, antes de buscar explicaciones en los estudiantes debería empezar por mirarse a sí mismo.

Sé que esta afirmación incomoda, también que muchos compañeros responderán inmediatamente con argumentos conocidos para justificarlo: "el nivel ha bajado, los estudiantes llegan peor preparados, no trabajan lo suficiente, la universidad no puede regalar aprobados..."

Cierto que tienen razón, pero solo en parte. Porque una cosa es defender la exigencia y otra muy distinta convertir el suspenso masivo en una especie de medalla académica.

Durante toda mi trayectoria he impartido asignaturas como Introducción a la Econometría, Métodos y Modelos Econométricos, Sistemas de Información para la Dirección o Econometría Aplicada, entre otras. Materias cuantitativas que difícilmente pueden calificarse como sencillas. Sin embargo, mis tasas de aprobados han superado habitualmente el ochenta por ciento entre las dos convocatorias. No lo menciono como un mérito personal, lo hago porque demuestra algo importante, exigir y conseguir que los estudiantes aprendan no son objetivos incompatibles, más al contrario. La verdadera misión de un docente universitario no es seleccionar quién fracasa, es conseguir que la mayor parte de sus estudiantes alcance las competencias que necesita para ejercer una profesión.

Cuando un alumno comienza una asignatura llega con un nivel determinado, con unas capacidades concretas y con unas expectativas muy definidas. Nuestro trabajo consiste precisamente en partir de esa realidad para llevarlo más lejos. No hablo de rebajar la exigencia, pero sí de adecuar la enseñanza a la realidad de quienes tenemos delante. Son conceptos muy diferentes.

A menudo escucho que determinados grupos son especialmente malos. Puede ocurrir, hay promociones mejores y peores. Pero cuando los porcentajes de suspensos superan reiteradamente los dos tercios de los presentados, y puedo bajarlo hasta la mitad, algo empieza a fallar. Además, cuando el fenómeno se repite curso tras curso, quizá el problema ya no esté en el alumnado.

En economía estamos acostumbrados a evaluar resultados. Si una empresa fracasa sistemáticamente, analizamos sus procesos. Si una política pública no alcanza sus objetivos, revisamos su diseño. Si un modelo econométrico no predice adecuadamente, buscamos errores de especificación.

¿Por qué en la universidad debería ser diferente? ¿Por qué algunos docentes consideran normal que suspenda más del 50 % de sus alumnos y jamás se plantean que el problema pueda estar en su metodología, en sus sistemas de evaluación o en su forma de transmitir conocimientos? Nunca he entendido esa lógica.

Especialmente cuando se utilizan herramientas de evaluación que poco tienen que ver con las competencias que se pretende desarrollar. Exámenes tipo test con respuestas prácticamente indistinguibles, preguntas diseñadas para confundir más que para medir conocimiento, o pruebas que ni siquiera otros compañeros de área resolverían con comodidad no son necesariamente sinónimo de rigor. Son simplemente sinónimo de mala evaluación.

La exigencia auténtica consiste en plantear problemas reales, situaciones complejas, casos aplicados, escenarios donde el estudiante tenga que demostrar que comprende lo que hace y por qué lo hace. Eso es precisamente lo que intento trasladar en mis asignaturas mediante ejercicios teórico-prácticos, evaluación continua con el desarrollo de informes económicos basados en problemas reales con una herramienta estrella: los modelos econométricos. Y es que la universidad debería parecerse más a la vida profesional que a una carrera de obstáculos.

Quizá por eso la palabra que mejor describe lo que siento cuando veo promociones enteras acumulando suspensos no es indignación, sino impotencia, la he sentido como alumno, profesor, investigador, colega. Porque detrás de cada estadística académica hay personas que han dedicado meses de trabajo, ilusión y esfuerzo a intentar alcanzar una meta.

Naturalmente habrá alumnos que no estudien, que abandonen o que no alcancen el nivel requerido. Siempre los habrá e incluso será más fácil que eso ocurra si se ha facilitado excesivamente el acceso obviando la vocación, suele ser una cuestión de 'selección natural' en los primeros cursos. Pero convertir el fracaso masivo en algo normal es probablemente uno de los mayores errores que puede cometer un docente.

La universidad existe para generar conocimiento, formar profesionales y crear oportunidades, no para fabricar bolsas permanentes de suspensos. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es por qué aprueban tantos alumnos en algunas asignaturas, la verdadera pregunta es por qué seguimos considerando normal que fracasen tantos en otras.

La hormiga lleva muchos años entrando en aulas. Ha visto estudiantes brillantes, estudiantes perdidos y estudiantes que simplemente necesitaban que alguien les enseñara el camino adecuado. 

Pero también ha aprendido algo sencillo. Cuando un agricultor pierde tres cuartas partes de la cosecha todos los años, no pasa décadas culpando a las semillas. Antes o después revisa la tierra, el agua y la forma de cultivar.

Quizá la enseñanza tampoco sea tan diferente.

Dedicado a mis grandes maestros, los que me enseñaron a amar esta profesión: Leopoldo, Patricio, Alfonso y Antonio.

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