jueves, 18 de junio de 2026

El mayor fracaso docente es aceptar que un alto nivel de suspensos es un problema del alumnado

Hay ideas que uno va construyendo con los años. Otras, sin embargo, llegan pronto y el tiempo simplemente se encarga de confirmarlas.

No obstante, tras más de treinta y tres años como profesor universitario, más de una década como estudiante con dos licenciaturas y un doctorado, antes y después de ocupar el otro lado de la mesa, y toda una vida vinculada al mundo de la educación, hay una convicción que no solo mantengo, sino que cada curso veo más clara: si un profesor suspende sistemáticamente a una gran parte de su alumnado, antes de buscar explicaciones en los estudiantes debería empezar por mirarse a sí mismo.

Sé que esta afirmación incomoda, también que muchos compañeros responderán inmediatamente con argumentos conocidos para justificarlo: "el nivel ha bajado, los estudiantes llegan peor preparados, no trabajan lo suficiente, la universidad no puede regalar aprobados..."

Cierto que tienen razón, pero solo en parte. Porque una cosa es defender la exigencia y otra muy distinta convertir el suspenso masivo en una especie de medalla académica.

Durante toda mi trayectoria he impartido asignaturas como Introducción a la Econometría, Métodos y Modelos Econométricos, Sistemas de Información para la Dirección o Econometría Aplicada, entre otras. Materias cuantitativas que difícilmente pueden calificarse como sencillas. Sin embargo, mis tasas de aprobados han superado habitualmente el ochenta por ciento entre las dos convocatorias. No lo menciono como un mérito personal, lo hago porque demuestra algo importante, exigir y conseguir que los estudiantes aprendan no son objetivos incompatibles, más al contrario. La verdadera misión de un docente universitario no es seleccionar quién fracasa, es conseguir que la mayor parte de sus estudiantes alcance las competencias que necesita para ejercer una profesión.

Cuando un alumno comienza una asignatura llega con un nivel determinado, con unas capacidades concretas y con unas expectativas muy definidas. Nuestro trabajo consiste precisamente en partir de esa realidad para llevarlo más lejos. No hablo de rebajar la exigencia, pero sí de adecuar la enseñanza a la realidad de quienes tenemos delante. Son conceptos muy diferentes.

A menudo escucho que determinados grupos son especialmente malos. Puede ocurrir, hay promociones mejores y peores. Pero cuando los porcentajes de suspensos superan reiteradamente los dos tercios de los presentados, y puedo bajarlo hasta la mitad, algo empieza a fallar. Además, cuando el fenómeno se repite curso tras curso, quizá el problema ya no esté en el alumnado.

En economía estamos acostumbrados a evaluar resultados. Si una empresa fracasa sistemáticamente, analizamos sus procesos. Si una política pública no alcanza sus objetivos, revisamos su diseño. Si un modelo econométrico no predice adecuadamente, buscamos errores de especificación.

¿Por qué en la universidad debería ser diferente? ¿Por qué algunos docentes consideran normal que suspenda más del 50 % de sus alumnos y jamás se plantean que el problema pueda estar en su metodología, en sus sistemas de evaluación o en su forma de transmitir conocimientos? Nunca he entendido esa lógica.

Especialmente cuando se utilizan herramientas de evaluación que poco tienen que ver con las competencias que se pretende desarrollar. Exámenes tipo test con respuestas prácticamente indistinguibles, preguntas diseñadas para confundir más que para medir conocimiento, o pruebas que ni siquiera otros compañeros de área resolverían con comodidad no son necesariamente sinónimo de rigor. Son simplemente sinónimo de mala evaluación.

La exigencia auténtica consiste en plantear problemas reales, situaciones complejas, casos aplicados, escenarios donde el estudiante tenga que demostrar que comprende lo que hace y por qué lo hace. Eso es precisamente lo que intento trasladar en mis asignaturas mediante ejercicios teórico-prácticos, evaluación continua con el desarrollo de informes económicos basados en problemas reales con una herramienta estrella: los modelos econométricos. Y es que la universidad debería parecerse más a la vida profesional que a una carrera de obstáculos.

Quizá por eso la palabra que mejor describe lo que siento cuando veo promociones enteras acumulando suspensos no es indignación, sino impotencia, la he sentido como alumno, profesor, investigador, colega. Porque detrás de cada estadística académica hay personas que han dedicado meses de trabajo, ilusión y esfuerzo a intentar alcanzar una meta.

Naturalmente habrá alumnos que no estudien, que abandonen o que no alcancen el nivel requerido. Siempre los habrá e incluso será más fácil que eso ocurra si se ha facilitado excesivamente el acceso obviando la vocación, suele ser una cuestión de 'selección natural' en los primeros cursos. Pero convertir el fracaso masivo en algo normal es probablemente uno de los mayores errores que puede cometer un docente.

La universidad existe para generar conocimiento, formar profesionales y crear oportunidades, no para fabricar bolsas permanentes de suspensos. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es por qué aprueban tantos alumnos en algunas asignaturas, la verdadera pregunta es por qué seguimos considerando normal que fracasen tantos en otras.

La hormiga lleva muchos años entrando en aulas. Ha visto estudiantes brillantes, estudiantes perdidos y estudiantes que simplemente necesitaban que alguien les enseñara el camino adecuado. 

Pero también ha aprendido algo sencillo. Cuando un agricultor pierde tres cuartas partes de la cosecha todos los años, no pasa décadas culpando a las semillas. Antes o después revisa la tierra, el agua y la forma de cultivar.

Quizá la enseñanza tampoco sea tan diferente.

Dedicado a mis grandes maestros, los que me enseñaron a amar esta profesión: Leopoldo, Patricio, Alfonso y Antonio.

viernes, 15 de mayo de 2026

Andalucía 17-M: Moreno aspira a la mayoría absoluta mientras el PSOE lucha con no caer bajo el resultado de Espadas con errores y desgaste

La campaña andaluza llega a sus últimas horas con una sensación cada vez más instalada entre encuestas, analistas y conversación de calle: Juanma Moreno será el ganador claro del 17-M, mientras el PSOE vuelve a enfrentarse a un problema que ya no parece puntual, sino estructural, la incapacidad de construir un relato ilusionante en un contexto nacional cada vez más desgastado.

Los promedios demoscópicos publicados durante la última semana sitúan al PP andaluz entre los 54 y 58 escaños, muy por delante del resto de fuerzas y consolidando una posición dominante que permitiría a Moreno gobernar con enorme comodidad e incluso lograr nuevamente cifras en la mayoría absoluta, ese es el reto, no necesitar a VOX para gobernar, los deberes y la canción se han hecho, veremos la participación y los restos provinciales si hacen que logre los 55 escaños necesarios.

El PSOE de María Jesús Montero se movería en una horquilla de 26 a 30 diputados, muy lejos de los números necesarios para disputar realmente la presidencia de la Junta. Realmente su lucha es no quedar bajo la última barrera de Espadas en 2022 que dejó en los ahora casi inalcanzables 30 diputados. Vox conservaría un espacio relevante con entre 13 y 16 escaños, mientras la izquierda alternativa seguiría atrapada en la fragmentación, con previsiones conjuntas que rondan entre 7 y 10 representantes. En mi opinión veo mas cerca de los 27 a la primera y de los 9-11 al segundo tándem.

Pero más allá de las cifras, la campaña deja algo aún más importante: la sensación de que Andalucía ha terminado funcionando como un espejo del clima político nacional.

Y ahí el PSOE ha sufrido especialmente, desde el fiasco de la presentación de su candidata como salvadora.

(La imagen arroja mi estimación tras observar los últimos resultados de encuestas, creada con ChatGPT+)

Una campaña marcada por el desgaste y los errores

El gran problema socialista no ha sido únicamente la ventaja del PP, ha sido la percepción de agotamiento. Por momentos, la campaña del PSOE andaluz ha transmitido más preocupación por resistir el golpe que capacidad real para cambiar el estado de ánimo del electorado. Y en política, cuando un partido entra en modo defensivo, cada error amplifica sus consecuencias.

El episodio más delicado llegó tras las declaraciones de Montero sobre la muerte de los dos guardias civiles persiguiendo una narcolancha en Huelva, al referirse al caso como un “accidente laboral”. Aunque desde el entorno socialista se intentó posteriormente matizar el contexto de las palabras, el daño político ya estaba hecho, junto a la oposición a declararla profesión de riesgo desde el Parlamento nacional. Porque en Andalucía —y especialmente en provincias con fuerte vínculo emocional con las fuerzas de seguridad— aquello no se interpretó como una cuestión semántica o técnica.

Y probablemente ha sido uno de los momentos de campaña que mejor ha aprovechado el bloque conservador para reforzar la idea de desconexión entre el discurso gubernamental y una parte importante de la sociedad.

En política moderna, muchas veces no destruye tanto una frase mal formulada como la sensación emocional que deja detrás. Y esta vez el PSOE no consigue apagar ese nuevo 'incendio'.

Lo que realmente está diciendo Andalucía

Las encuestas probablemente no anticipan un terremoto. Pero sí algo quizá más profundo: un cambio gradual de humor político. La sensación dominante no es tanto entusiasmo por el PP como cansancio hacia el modelo de confrontación permanente que ha marcado buena parte de la política española reciente.

Y cuando el votante entra en fase de cansancio, suele premiar perfiles que transmiten gestión, previsibilidad y ausencia de ruido.

Ahí Moreno ha entendido perfectamente el clima emocional, este puede ser el hecho diferencial el domingo por la noche.

viernes, 20 de marzo de 2026

¿Quieres medir tu felicidad y calidad de vida social?

 

Un índice científico para medir su felicidad social y calidad de vida

Na_Studio/Shutterstock
Víctor Raúl López Ruiz, Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Universidad de Castilla-La Mancha

¿Alguna vez se ha preguntado por qué dos personas que viven en la misma ciudad, trabajan en el mismo sector y tienen ingresos similares sienten niveles de bienestar tan distintos? ¿Y si pudiera medir su felicidad social, del 1 al 10, con un índice diseñado con método científico?

El progreso de las sociedades se ha medido usualmente a través de indicadores económicos. Sin embargo, un país puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, experimentar problemas de desigualdad, polarización, precariedad laboral o deterioro ambiental.

Por este motivo, las investigaciones en ciencias sociales intentan responder a una pregunta aparentemente sencilla pero metodológicamente compleja: ¿cómo medir realmente la calidad de vida?

A qué llamamos calidad de vida

El primer reto aparece al intentar definirla. Algunos piensan en los servicios sociales como salud o educación, otros en la economía familiar, otros en el trabajo y otros en el barrio donde fijan su residencia. Todos tienen razón, pero solo en parte.

Durante años hemos usado distintos indicadores con este fin. Uno de los más influyentes es el Better Life Index desarrollado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que propone medir el bienestar a partir de once dimensiones, entre ellas empleo, educación, medioambiente, seguridad y satisfacción con la vida.

A partir de este enfoque multidimensional han surgido propuestas científicas que usan ponderaciones similares –en España, por ejemplo, el Indicador Multidimensional de Calidad de Vida del INE– o métodos que integran dimensiones con distintas técnicas. Todos ellos permiten medir la calidad de vida de los habitantes de un país o región.

En esta línea, y tras una revisión de los índices existentes y un proceso de reflexión y aprendizaje colectivo de Big Data, los expertos que formamos parte del Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV) del Grupo de Investigación en Capital Intelectual (ICRG) hemos diseñado el Multidimensional Index of Social Quality of Life (MISQL).

Comience a medir su felicidad

La nueva herramienta se centra en la calidad de vida social. Es decir, en aquello que depende del entorno y de las relaciones: familia, empleo y clima laboral, confianza comunitaria, seguridad, ocio y cultura, movilidad, medio ambiente urbano, capacidades digitales, etc.

El índice MISQL invita a detenernos unos minutos para reflexionar sobre el día a día, identificar los factores que generan equilibrio personal y comprender cómo influyen las relaciones y el contexto en el bienestar cotidiano.

Para desarrollar este método comenzamos preguntándonos qué factores sociales influyen realmente en cómo una persona evalúa su propia vida. Para responder, analizamos miles de respuestas proporcionadas anualmente por ciudadanos españoles desde 2020.

Esperábamos que la economía personal ocupase el primer lugar, pero no ha sido así: la familia y la satisfacción laboral son dimensiones más influyentes que el dinero. También destaca la confianza en el vecindario y la integración social, o sea, esa clara sensación de que podemos caminar tranquilos en nuestro entorno o de que nuestros vecinos estarán ahí si los necesitamos.

El índice toma forma cuando aplicamos coeficientes estandarizados desde un modelo socioeconométrico, permitiendo obtener ponderaciones objetivas (pesos derivados de los propios datos, no de nuestras preferencias como investigadores). Ese paso ha sido crucial, dejando que hablasen las respuestas reales de la gente.

El peso de la ciudad, el barrio y el territorio

Al aplicar el modelo sobre más de 4 100 respuestas en España para 2025, la dimensión social explica el 64 % de la variación del bienestar percibido. El resto corresponde, en buena medida, a la esfera personal (salud física y psicológica, desarrollo personal, espiritualidad, estilo de vida) y a los límites propios de cualquier medición basada en encuestas.

Esas proporciones muestran el enorme peso que tienen nuestras ciudades, barrios y entornos en cómo nos sentimos.

En cuanto a las diferencias territoriales, el índice encuentra patrones que invitan a pensar. No se trata de comunidades ganadoras y perdedoras, sino de distintas formas de vivir y sentir el entorno. Comunidades autónomas como La Rioja, Navarra, Aragón o Castilla-La Mancha muestran un equilibrio interesante entre satisfacción residencial, felicidad declarada y calidad de vida social percibida. Estas regiones destacan no tanto por cuestiones de renta personal, sino por su cohesión y la satisfacción de sus habitantes con su entorno.

Además, la dimensión de la población está asociada al mercado de la vivienda. Así, aquellas poblaciones con servicios de calidad, fácil accesibilidad y baja densidad sacan una clara ventaja en la puntuaciones del índice.

Esta nueva herramienta no es un mero ejercicio académico o individual, sino una brújula para que los responsables públicos identifiquen prioridades reales agregadas. En un mundo complejo, necesitamos indicadores que no solo midan lo que producimos, sino cómo vivimos y lo qué realmente importa.

Cómo nos sentimos en comunidad

Una cuestión que muchas personas se plantean es qué hace que nuestra vida sea, en esencia, “buena”. Y eso es lo que permite resolver el índice MISQL.

No se trata solo de obtener una puntuación, sino de favorecer una mirada más consciente sobre cómo vivimos con otros, cómo nos sentimos en nuestra comunidad y qué elementos fortalecen –o debilitan– esa armonía.

Cualquier persona puede entender mejor por qué se siente como se siente, reconociendo qué aspectos clave de su entorno social pesan más en su calidad de vida. Ahora es posible evaluar y comparar nuestra felicidad con la de la población en general, lo que permite descubrir cuáles son los condicionantes que predominan para la mayoría y qué áreas personales debemos potenciar.

Por último, cuidado con la paradoja de la felicidad: preguntarse constantemente si uno es feliz puede llevar a dejar de serlo. A menudo se experimenta mejor cuando no se busca obsesivamente, sino cuando se vive el presente con un objetivo claro. Ahora podemos observar las tendencias de nuestras sociedades desde cada individuo, permitiendo definir mejor el propósito en nuestro presente.

Víctor Raúl López Ruiz, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Econometría), Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Estadística), Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Profesora Contratada Doctora, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

jueves, 26 de febrero de 2026

Democracia, nuestra deuda con un jefe de Estado en un exilio irracional



La democracia española no cayó del cielo. No fue un regalo automático de la historia ni una consecuencia inevitable de la muerte de Francisco Franco. Fue una decisión política. Y esa decisión tuvo nombres propios. Uno de ellos fue Juan Carlos I.

Pudo optar por la continuidad del régimen. Tenía margen para hacerlo. Eligió, sin embargo, abrir el sistema. Y para ejecutar esa apertura confió en Adolfo Suárez. El tándem desmontó desde dentro el edificio autoritario: legalización de partidos, elecciones libres, Constitución de 1978. Nada estaba garantizado. Todo podía fracasar.

La prueba definitiva llegó el 23 de febrero de 1981. El golpe encabezado por Antonio Tejero no fue un episodio menor. Aquella noche, la intervención televisada del rey, en uniforme de capitán general, no fue simbólica: fue decisiva. El mensaje fue inequívoco. No habría marcha atrás. El Estado no respaldaba la involución. Esa es la verdad histórica, más allá de las revisiones interesadas.

Después vinieron las sombras. Los errores personales. Las conductas cuestionables. Las investigaciones fiscales. Nada de eso debe ocultarse. Una democracia adulta no blanquea comportamientos individuales. Pero tampoco borra la memoria institucional.

Hoy, el rey que pilotó la apertura democrática vive fuera de España sin condena penal alguna. Su situación se asemeja a un destierro asumido como peaje político en un clima de polarización y cálculo partidista. Y ahí surge la incomodidad.

¿Puede una democracia negar reconocimiento a quien fue decisivo en su nacimiento?
¿Debe el jefe del Estado que facilitó la soberanía popular terminar sus días lejos de su país?

No se trata de blindar conductas privadas. Se trata de proporcionalidad histórica. España le debe la democracia a una generación —a Suárez, a los constituyentes, a millones de ciudadanos— y también al rey que eligió reforma frente a continuidad.

Quizá el verdadero examen de nuestra democracia no esté en cómo juzga los errores, sino en cómo reconoce los servicios decisivos. Y en esa balanza, nos guste más o menos, la deuda sigue ahí.

Y hay una imagen que interpela. ¿Cómo se imagina un funeral de Estado de Juan Carlos I si llega desde un destierro tácito? Hablamos además del padre del actual jefe del Estado, Felipe VI. Hablamos de continuidad institucional y de la imagen exterior de España.

Y en paralelo, se reabren papeles, se desclasifican documentos del 23F, se reactivan debates históricos en momentos políticamente sensibles. ¿Transparencia necesaria? Siempre. ¿Oportunidad política calculada? Algunos lo interpretan así.

En un contexto de debilidad parlamentaria y polarización, cualquier movimiento sobre la memoria institucional tiene lectura estratégica. Y no son pocos los que ven en ciertos gestos una señal dirigida a equilibrios internos, a presiones cruzadas, incluso a sensibilidades que orbitan en torno a Zarzuela.

La cuestión de fondo es simple: ¿memoria con altura de Estado o memoria de coyuntura?

La hormiga no pide impunidad. Pide perspectiva.
No exige olvido. Exige proporción.

Porque cuando llegue ese día —y llegará— España no solo despedirá a un hombre. Se despedirá de una etapa fundacional. Convendría que, cuando eso ocurra, la democracia no tenga que explicar por qué confundió justicia con ingratitud.




viernes, 6 de febrero de 2026

Aragón espera este domingo una caída de Alegría que trasvasará a Vox, Azcón (PP) al borde de los 30 escaños


Las encuestas publicadas (ver como ejemplo RTVE) en los días previos al 8-F dibujan en Aragón algo más que una fotografía electoral: anticipan un movimiento de placas en el tablero político autonómico, con consecuencias que van más allá del Ebro.

El Partido Popular de Jorge Azcón se consolida como primera fuerza, con una estimación cercana al 38–39 % del voto y un resultado que oscilaría entre 29 y 30 escaños. Un crecimiento claro, sostenido, pero insuficiente para gobernar en solitario. El PP gana, pero no cierra el círculo: la aritmética vuelve a situar a Vox como socio necesario.

El PSOE de Pilar Alegría, en cambio, firma uno de sus peores escenarios históricos en Aragón. Los sondeos le asignan 17–18 escaños, confirmando un desplome electoral que no se explica solo por desgaste de gobierno, sino por una crisis de relato y de identidad. Parte del electorado socialista se disuelve hacia la abstención; otra parte migra sin complejos hacia la derecha.

Ahí aparece Vox, el otro gran protagonista del ciclo. Con estimaciones de hasta 11–12 escaños, la formación recoge buena parte del voto socialista perdido y se convierte en actor estructural del nuevo bloque conservador. No crece solo por movilización propia: crece por trasvase, por ruptura emocional con el PSOE y por una polarización que castiga al centro-izquierda.

El mapa se completa con el hundimiento definitivo de Podemos y del PAR, que quedarían fuera del Parlamento, y con una izquierda cada vez más fragmentada. En ese contexto, Chunta Aragonesista resiste e incluso mejora ligeramente (3-4 escaños), confirmando que identidad, coherencia y territorio siguen siendo activos electorales cuando el resto se diluye. IU-Sumar (2 escaños, subiría uno) mantiene una presencia menor, sin capacidad de compensar la pérdida global del bloque progresista.

Aragón, así, no solo decide un gobierno. Ensaya un cambio de ciclo. Un escenario donde la derecha se ordena, la izquierda se divide y el centro desaparece como espacio político reconocible.

Ciertamente las derechas del parlamento aragonés superan claramente el 55%, este giro a la extremeña incluso puede mantener un gobierno en minoría del PP, pero siempre con el permiso del ganador moral de la cita, un VOX revitalizado con cerca de un 17% del electorado. Alegría parece haber hecho los deberes llevando al PSOE aragonés a un fracaso anunciado e histórico, similar al logrado hace unos días por Gallardo.

La hormiga lo ve claro:

Alegría firma de nuevo el descalabro de un sanchismo que no da más de sí.
Cuando el relato se agota, los votos emigran. Aragón no solo anticipa un gobierno: ensaya un cambio de ciclo. Y cuando los ciclos se mueven en las autonomías, las generales dejan de ser una hipótesis y empiezan a parecer un calendario.


Translate