Allí conocí a Juan Miguel Alcántara, catedrático de la Universidad y, sobre todo, ceutí. Esta semana he querido sentarme con él durante casi 45 minutos para hablar de lo ocurrido desde el 30 de julio. La conversación me deja preocupado, más preocupado. Porque el problema de Ceuta no puede reducirse a contar cuántas personas entraron, cuántas regresaron a Marruecos o cuántas permanecen todavía en la ciudad.
El verdadero problema es social.
Ceuta tiene poco más de 80.000 habitantes y un territorio muy limitado. Cualquier fenómeno migratorio de gran intensidad afecta inmediatamente a sus calles, playas, servicios públicos, centros de acogida y, finalmente, a la convivencia. Eso obliga a plantearnos una pregunta quizá incómoda:
¿Dónde termina la solidaridad y dónde comienza la obligación del Estado de proteger la normalidad de quienes viven en una ciudad fronteriza?
No creo que ambas cosas sean incompatibles. Defender una política migratoria humanitaria no significa renunciar al control de una frontera. Y proteger una frontera tampoco debería significar olvidar la dignidad de quien intenta cruzarla. Pero una frontera que deja de funcionar termina trasladando el problema al interior. Y Ceuta no puede asumirlo sola.
En la conversación hablamos de inmigración y asilo, de menores no acompañados, de quienes quieren continuar hacia la península y Europa y de una cuestión especialmente preocupante: ¿puede acabar Ceuta convertida en un enorme espacio de espera y acogida? Sería un grave error.
Ceuta no puede convertirse en el lugar donde España o Europa depositen un problema que no saben resolver, ni puede pedirse a sus habitantes que acepten indefinidamente como normal una situación excepcional.
Además, Marruecos no es únicamente el país situado al otro lado de la frontera. Es un socio estratégico de España, pero también un Estado con intereses propios y con una posición histórica conocida respecto a Ceuta. Por eso, cuando una entrada masiva desborda una frontera en un periodo extraordinariamente corto, la cuestión deja de ser exclusivamente migratoria. Se convierte también en un problema diplomático, de seguridad y de responsabilidad política.
Y ahí España necesita una política clara.
Juanmi utiliza durante la entrevista una expresión especialmente dura para describir cómo sienten muchos ceutíes la situación: “Somos huérfanos de Estado”.
Podremos compartir o no su diagnóstico, discutir cifras, responsabilidades o soluciones. Pero un Estado debería preocuparse cuando una parte de sus ciudadanos comienza a sentirse así.
Porque detrás de las grandes palabras —inmigración, geopolítica, soberanía, Europa— hay padres que dudan si dejar salir a sus hijos, turistas que se marchan, negocios que pierden actividad y ciudadanos que se preguntan si el resto de España comprende realmente lo que están viviendo.
Ceuta siempre ha convivido con su frontera. Lo que no podemos pedirle es que viva permanentemente dentro de ella.
🐜 La Hormiga
Las fronteras se dibujan con una línea. Pero tras de ella viven personas.
Cuando una frontera falla, no falla un mapa. Falla la tranquilidad de una familia, la confianza de una sociedad y la obligación de un Estado de estar presente. Quizá por eso, antes de discutir sobre Ceuta, deberíamos hacer algo mucho más sencillo: escuchar a Ceuta.
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