viernes, 21 de agosto de 2026

Ceuta: cuando la frontera entra en tu vida


Desde la península, una frontera es una línea en un mapa. En Ceuta, la frontera forma parte de la vida. Hace algo más de dos años visité por primera vez la ciudad. Descubrí una Ceuta abierta, monumental, luminosa, orgullosa de su identidad y acostumbrada a convivir. Una ciudad española en el norte de África donde distintas culturas y religiones comparten un territorio extraordinariamente pequeño.

Allí conocí a Juan Miguel Alcántara, catedrático de la Universidad y, sobre todo, ceutí. Esta semana he querido sentarme con él durante casi 45 minutos para hablar de lo ocurrido desde el 30 de julio. La conversación me deja preocupado, más preocupado. Porque el problema de Ceuta no puede reducirse a contar cuántas personas entraron, cuántas regresaron a Marruecos o cuántas permanecen todavía en la ciudad.

El verdadero problema es social.

Ceuta tiene poco más de 80.000 habitantes y un territorio muy limitado. Cualquier fenómeno migratorio de gran intensidad afecta inmediatamente a sus calles, playas, servicios públicos, centros de acogida y, finalmente, a la convivencia. Eso obliga a plantearnos una pregunta quizá incómoda:

¿Dónde termina la solidaridad y dónde comienza la obligación del Estado de proteger la normalidad de quienes viven en una ciudad fronteriza?

No creo que ambas cosas sean incompatibles. Defender una política migratoria humanitaria no significa renunciar al control de una frontera. Y proteger una frontera tampoco debería significar olvidar la dignidad de quien intenta cruzarla. Pero una frontera que deja de funcionar termina trasladando el problema al interior. Y Ceuta no puede asumirlo sola.

En la conversación hablamos de inmigración y asilo, de menores no acompañados, de quienes quieren continuar hacia la península y Europa y de una cuestión especialmente preocupante: ¿puede acabar Ceuta convertida en un enorme espacio de espera y acogida? Sería un grave error.

Ceuta no puede convertirse en el lugar donde España o Europa depositen un problema que no saben resolver, ni puede pedirse a sus habitantes que acepten indefinidamente como normal una situación excepcional.

Además, Marruecos no es únicamente el país situado al otro lado de la frontera. Es un socio estratégico de España, pero también un Estado con intereses propios y con una posición histórica conocida respecto a Ceuta. Por eso, cuando una entrada masiva desborda una frontera en un periodo extraordinariamente corto, la cuestión deja de ser exclusivamente migratoria. Se convierte también en un problema diplomático, de seguridad y de responsabilidad política.

Y ahí España necesita una política clara.

Juanmi utiliza durante la entrevista una expresión especialmente dura para describir cómo sienten muchos ceutíes la situación: “Somos huérfanos de Estado”.

Podremos compartir o no su diagnóstico, discutir cifras, responsabilidades o soluciones. Pero un Estado debería preocuparse cuando una parte de sus ciudadanos comienza a sentirse así.

Porque detrás de las grandes palabras —inmigración, geopolítica, soberanía, Europa— hay padres que dudan si dejar salir a sus hijos, turistas que se marchan, negocios que pierden actividad y ciudadanos que se preguntan si el resto de España comprende realmente lo que están viviendo.

Ceuta siempre ha convivido con su frontera. Lo que no podemos pedirle es que viva permanentemente dentro de ella.

🐜 La Hormiga

Las fronteras se dibujan con una línea. Pero tras de ella viven personas.

Cuando una frontera falla, no falla un mapa. Falla la tranquilidad de una familia, la confianza de una sociedad y la obligación de un Estado de estar presente. Quizá por eso, antes de discutir sobre Ceuta, deberíamos hacer algo mucho más sencillo: escuchar a Ceuta.

La Segunda entrevista incorpora la visión de la invasión el 30-31 de Julio por un turista y la vida de un cartero en el día a día durante agosto (cuenta con más de 7000 vistas en YouTube. 



jueves, 2 de julio de 2026

El profesor no compite con la inteligencia artificial


La irrupción de la inteligencia artificial (IA) ha abierto un intenso debate en la universidad. Para algunos representa una amenaza para el aprendizaje; para otros, el principio del fin de la enseñanza tal y como la conocemos. Mi impresión es bastante distinta.

La universidad ya ha vivido transformaciones similares. Ocurrió no hace tanto con las calculadoras científicas, con el ordenador personal, con internet, con los campus virtuales o con los programas econométricos. Siempre aparecieron voces anunciando que aquellas herramientas empobrecerían el aprendizaje. Con el tiempo comprobamos que no sustituían el conocimiento, sino que cambiaban la forma de adquirirlo.

Con la IA sucede exactamente lo mismo. Nunca he pensado que un estudiante aprenda más por invertir horas en tareas mecánicas que una herramienta puede resolver en segundos. Lo importante no es obtener un resultado, sino comprenderlo, interpretarlo y ser capaz de utilizarlo para resolver problemas reales. Ahí está la diferencia entre aprender y repetir.

La IA puede resumir documentos, localizar bibliografía, generar ejemplos o ayudar a estructurar una idea. Puede ahorrar tiempo, abrir perspectivas e incluso mejorar la productividad académica. Lo que no puede hacer es sustituir el criterio, la curiosidad, el pensamiento crítico ni la capacidad para formular buenas preguntas. Esta es la razón por la que no veo la inteligencia artificial como una amenaza para la docencia, sino como una oportunidad para hacerla mejor.

Hace más de veinte años que mis alumnos disponen desde el primer día de guías, materiales, vídeos sintéticos, ejercicios y casos prácticos en formato digital. Nunca he entendido el aula como un lugar donde simplemente se entrega información. Esa información ya estaba antes en los libros y hoy está, además, al alcance de cualquiera.

Precisamente por eso creo que el profesor no compite con la IA. Compite, si acaso, con una forma de enseñar basada únicamente en transmitir información. Y esa batalla estaba perdida mucho antes de que apareciera la IA.

Hoy enseñar consiste menos en transmitir información y mucho más en ayudar a interpretarla, seleccionarla, cuestionarla y convertirla en conocimiento útil. La IA no reduce esa responsabilidad. La multiplica. Porque cuanto más fácil resulta obtener respuestas, más importante es aprender a formular buenas preguntas, distinguir una respuesta correcta de una respuesta simplemente convincente y desarrollar un criterio propio. Esa sigue siendo una tarea profundamente humana.

La universidad no debería preguntarse cómo prohibir la IA. Debería preguntarse cómo enseñar a utilizarla con rigor, ética y sentido crítico. Igual que nadie discute hoy el uso de una calculadora, un ordenador o un programa específico, dentro de unos años la IA será una herramienta más. La diferencia y la ventaja seguirá estando, como siempre, en quién la utiliza y para qué. 

La hormiga aún recuerda cuando algunos aseguraban que las calculadoras acabarían con las matemáticas o que internet haría innecesarios a los profesores. No ocurrió entonces y tampoco ocurrirá ahora.

Las herramientas nunca han sustituido a los buenos docentes. Lo que hacen es poner más en evidencia la diferencia entre quien simplemente transmite información y quien consigue despertar conocimiento. Porque el profesor no compite con la IA. Compite cada día por seguir siendo imprescindible allí donde ninguna máquina puede llegar: el criterio, la inspiración y el aprendizaje con sentido.

miércoles, 24 de junio de 2026

La presencialidad no se impone, se gana


Uno de los debates recurrentes en la universidad gira en torno a la asistencia a clase. Cada curso vuelven las mismas preguntas en los claustros: "por qué los alumnos no acuden al aula, qué mecanismos pueden utilizarse para incentivar su presencia o si la evaluación continua debe servir también para garantizarla".

Nunca he sido partidario de obligar a nadie a asistir a una de mis clases, otra cosa son determinados eventos competenciales de los que podremos hablar en otro momento. Y lo digo después de más de treinta y tres años como profesor universitario y de más de dos décadas como estudiante entre licenciaturas, doctorado y otros procesos de formación. No porque crea que la presencialidad carece de valor, sino precisamente porque creo en ella.

Siempre me ha parecido que la universidad debe ser también un espacio de responsabilidad personal. Por eso nunca he entendido la necesidad de justificar ausencias ni de controlar entradas y salidas del aula. Los estudiantes universitarios son adultos que toman decisiones sobre su formación y deben asumir también las consecuencias de esas decisiones.

La máxima satisfacción de un profesor no debería ser pasar lista. De hecho, nunca lo he hecho. El primer día de clase suelo dedicar unos minutos a presentarnos, todos los que estamos en el aula. La verdadera satisfacción llega cuando uno entra en clase y la encuentra llena porque los estudiantes consideran que merece la pena estar allí.

Quizá mi forma de entender este asunto tenga mucho que ver con mi propia experiencia. Como alumno también elegía. Había asignaturas a las que acudía sistemáticamente porque sentía que cada clase me aportaba algo que no podía obtener por mi cuenta. Otras veces valoraba si el tiempo invertido compensaba realmente el aprendizaje obtenido. Lo hacíamos entonces y lo siguen haciendo los estudiantes de hoy.

La experiencia más reveladora la viví precisamente en una universidad de enseñanza no presencial. Nadie me obligaba a asistir a tutorías, pero en determinadas asignaturas buscaba a los tutores para hablar con ellos, discutir contenidos, profundizar en conceptos o comprender mejor determinadas competencias. Cuando existe interés intelectual, la presencialidad deja de ser una obligación y se convierte en una necesidad.

Hay además una paradoja que siempre me ha llamado la atención. Llevo más de veinte años sin entrar en clase con un solo papel. Las guías, planificaciones, los guiones de trabajo, los materiales complementarios, los vídeos sintéticos, los ejercicios y los casos prácticos han estado disponibles digitalmente para mis alumnos desde el primer día mucho antes de que la digitalización educativa se convirtiera en una consigna institucional. Nunca he entendido el aula como un lugar donde se distribuye información. Para eso existen otros medios mucho más eficientes.

Precisamente por eso sigo creyendo en la enseñanza presencial.

La clase no puede consistir en leer unas diapositivas que el alumno ya tiene en su ordenador ni en repetir contenidos que aparecen en cualquier manual encorsetados por un temario inflexible. Su valor está en interpretar, relacionar, contextualizar y discutir esos contenidos desde la experiencia académica y profesional. Está en conectar la teoría con la realidad y en transformar información en conocimiento útil. Cualquiera de mis estudiantes asocia deflactar al coste de un simple café o varios correlacionado con un billete, y eso no está de esa forma explicitado en ningún libro o temario, es experiencia.

A veces escucho decir que los estudiantes ya no son como antes. Probablemente sea cierto. Pero tampoco los profesores deberíamos ser exactamente los mismos que hace treinta años. La universidad ha cambiado, las herramientas han cambiado y las formas de aprender también. Lo que no ha cambiado es la necesidad de despertar interés.

Durante años he escuchado que la solución a las aulas vacías pasa por endurecer los controles de asistencia, personalmente nunca lo he visto así. Obligar a un estudiante a ocupar físicamente una silla puede resolver una estadística, pero difícilmente resolverá un problema educativo. La verdadera cuestión es si el alumno siente que pierde algo importante cuando decide no acudir.

La asistencia es probablemente uno de los indicadores más sinceros de la calidad percibida de una asignatura. Por eso creo que el debate suele plantearse de forma equivocada. Más que preguntarnos por qué los estudiantes no vienen a clase, quizá deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que quieran venir.

La hormiga

La hormiga ha conocido universidades sin internet, con internet, con campus virtuales y ahora con inteligencia artificial. Sin embargo, ha observado algo que apenas ha cambiado con el tiempo, los estudiantes siguen acudiendo allí donde sienten que aprenden algo que merece su esfuerzo.

Por eso sospecha que muchas aulas vacías no son un problema de presencialidad. Son, sobre todo, un problema de propuesta de valor. Porque la presencialidad, como el respeto académico, la autoridad intelectual o la confianza, no suele ser consecuencia de una norma, sino del valor que otros perciben en nosotros.

jueves, 18 de junio de 2026

El mayor fracaso docente es aceptar que un alto nivel de suspensos es un problema del alumnado

Hay ideas que uno va construyendo con los años. Otras, sin embargo, llegan pronto y el tiempo simplemente se encarga de confirmarlas.

No obstante, tras más de treinta y tres años como profesor universitario, más de una década como estudiante con dos licenciaturas y un doctorado, antes y después de ocupar el otro lado de la mesa, y toda una vida vinculada al mundo de la educación, hay una convicción que no solo mantengo, sino que cada curso veo más clara: si un profesor suspende sistemáticamente a una gran parte de su alumnado, antes de buscar explicaciones en los estudiantes debería empezar por mirarse a sí mismo.

Sé que esta afirmación incomoda, también que muchos compañeros responderán inmediatamente con argumentos conocidos para justificarlo: "el nivel ha bajado, los estudiantes llegan peor preparados, no trabajan lo suficiente, la universidad no puede regalar aprobados..."

Cierto que tienen razón, pero solo en parte. Porque una cosa es defender la exigencia y otra muy distinta convertir el suspenso masivo en una especie de medalla académica.

Durante toda mi trayectoria he impartido asignaturas como Introducción a la Econometría, Métodos y Modelos Econométricos, Sistemas de Información para la Dirección o Econometría Aplicada, entre otras. Materias cuantitativas que difícilmente pueden calificarse como sencillas. Sin embargo, mis tasas de aprobados han superado habitualmente el ochenta por ciento entre las dos convocatorias. No lo menciono como un mérito personal, lo hago porque demuestra algo importante, exigir y conseguir que los estudiantes aprendan no son objetivos incompatibles, más al contrario. La verdadera misión de un docente universitario no es seleccionar quién fracasa, es conseguir que la mayor parte de sus estudiantes alcance las competencias que necesita para ejercer una profesión.

Cuando un alumno comienza una asignatura llega con un nivel determinado, con unas capacidades concretas y con unas expectativas muy definidas. Nuestro trabajo consiste precisamente en partir de esa realidad para llevarlo más lejos. No hablo de rebajar la exigencia, pero sí de adecuar la enseñanza a la realidad de quienes tenemos delante. Son conceptos muy diferentes.

A menudo escucho que determinados grupos son especialmente malos. Puede ocurrir, hay promociones mejores y peores. Pero cuando los porcentajes de suspensos superan reiteradamente los dos tercios de los presentados, y puedo bajarlo hasta la mitad, algo empieza a fallar. Además, cuando el fenómeno se repite curso tras curso, quizá el problema ya no esté en el alumnado.

En economía estamos acostumbrados a evaluar resultados. Si una empresa fracasa sistemáticamente, analizamos sus procesos. Si una política pública no alcanza sus objetivos, revisamos su diseño. Si un modelo econométrico no predice adecuadamente, buscamos errores de especificación.

¿Por qué en la universidad debería ser diferente? ¿Por qué algunos docentes consideran normal que suspenda más del 50 % de sus alumnos y jamás se plantean que el problema pueda estar en su metodología, en sus sistemas de evaluación o en su forma de transmitir conocimientos? Nunca he entendido esa lógica.

Especialmente cuando se utilizan herramientas de evaluación que poco tienen que ver con las competencias que se pretende desarrollar. Exámenes tipo test con respuestas prácticamente indistinguibles, preguntas diseñadas para confundir más que para medir conocimiento, o pruebas que ni siquiera otros compañeros de área resolverían con comodidad no son necesariamente sinónimo de rigor. Son simplemente sinónimo de mala evaluación.

La exigencia auténtica consiste en plantear problemas reales, situaciones complejas, casos aplicados, escenarios donde el estudiante tenga que demostrar que comprende lo que hace y por qué lo hace. Eso es precisamente lo que intento trasladar en mis asignaturas mediante ejercicios teórico-prácticos, evaluación continua con el desarrollo de informes económicos basados en problemas reales con una herramienta estrella: los modelos econométricos. Y es que la universidad debería parecerse más a la vida profesional que a una carrera de obstáculos.

Quizá por eso la palabra que mejor describe lo que siento cuando veo promociones enteras acumulando suspensos no es indignación, sino impotencia, la he sentido como alumno, profesor, investigador, colega. Porque detrás de cada estadística académica hay personas que han dedicado meses de trabajo, ilusión y esfuerzo a intentar alcanzar una meta.

Naturalmente habrá alumnos que no estudien, que abandonen o que no alcancen el nivel requerido. Siempre los habrá e incluso será más fácil que eso ocurra si se ha facilitado excesivamente el acceso obviando la vocación, suele ser una cuestión de 'selección natural' en los primeros cursos. Pero convertir el fracaso masivo en algo normal es probablemente uno de los mayores errores que puede cometer un docente.

La universidad existe para generar conocimiento, formar profesionales y crear oportunidades, no para fabricar bolsas permanentes de suspensos. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es por qué aprueban tantos alumnos en algunas asignaturas, la verdadera pregunta es por qué seguimos considerando normal que fracasen tantos en otras.

La hormiga lleva muchos años entrando en aulas. Ha visto estudiantes brillantes, estudiantes perdidos y estudiantes que simplemente necesitaban que alguien les enseñara el camino adecuado. 

Pero también ha aprendido algo sencillo. Cuando un agricultor pierde tres cuartas partes de la cosecha todos los años, no pasa décadas culpando a las semillas. Antes o después revisa la tierra, el agua y la forma de cultivar.

Quizá la enseñanza tampoco sea tan diferente.

Dedicado a mis grandes maestros, los que me enseñaron a amar esta profesión: Leopoldo, Patricio, Alfonso y Antonio.

viernes, 15 de mayo de 2026

Andalucía 17-M: Moreno aspira a la mayoría absoluta mientras el PSOE lucha con no caer bajo el resultado de Espadas con errores y desgaste

La campaña andaluza llega a sus últimas horas con una sensación cada vez más instalada entre encuestas, analistas y conversación de calle: Juanma Moreno será el ganador claro del 17-M, mientras el PSOE vuelve a enfrentarse a un problema que ya no parece puntual, sino estructural, la incapacidad de construir un relato ilusionante en un contexto nacional cada vez más desgastado.

Los promedios demoscópicos publicados durante la última semana sitúan al PP andaluz entre los 54 y 58 escaños, muy por delante del resto de fuerzas y consolidando una posición dominante que permitiría a Moreno gobernar con enorme comodidad e incluso lograr nuevamente cifras en la mayoría absoluta, ese es el reto, no necesitar a VOX para gobernar, los deberes y la canción se han hecho, veremos la participación y los restos provinciales si hacen que logre los 55 escaños necesarios.

El PSOE de María Jesús Montero se movería en una horquilla de 26 a 30 diputados, muy lejos de los números necesarios para disputar realmente la presidencia de la Junta. Realmente su lucha es no quedar bajo la última barrera de Espadas en 2022 que dejó en los ahora casi inalcanzables 30 diputados. Vox conservaría un espacio relevante con entre 13 y 16 escaños, mientras la izquierda alternativa seguiría atrapada en la fragmentación, con previsiones conjuntas que rondan entre 7 y 10 representantes. En mi opinión veo mas cerca de los 27 a la primera y de los 9-11 al segundo tándem.

Pero más allá de las cifras, la campaña deja algo aún más importante: la sensación de que Andalucía ha terminado funcionando como un espejo del clima político nacional.

Y ahí el PSOE ha sufrido especialmente, desde el fiasco de la presentación de su candidata como salvadora.

(La imagen arroja mi estimación tras observar los últimos resultados de encuestas, creada con ChatGPT+)

Una campaña marcada por el desgaste y los errores

El gran problema socialista no ha sido únicamente la ventaja del PP, ha sido la percepción de agotamiento. Por momentos, la campaña del PSOE andaluz ha transmitido más preocupación por resistir el golpe que capacidad real para cambiar el estado de ánimo del electorado. Y en política, cuando un partido entra en modo defensivo, cada error amplifica sus consecuencias.

El episodio más delicado llegó tras las declaraciones de Montero sobre la muerte de los dos guardias civiles persiguiendo una narcolancha en Huelva, al referirse al caso como un “accidente laboral”. Aunque desde el entorno socialista se intentó posteriormente matizar el contexto de las palabras, el daño político ya estaba hecho, junto a la oposición a declararla profesión de riesgo desde el Parlamento nacional. Porque en Andalucía —y especialmente en provincias con fuerte vínculo emocional con las fuerzas de seguridad— aquello no se interpretó como una cuestión semántica o técnica.

Y probablemente ha sido uno de los momentos de campaña que mejor ha aprovechado el bloque conservador para reforzar la idea de desconexión entre el discurso gubernamental y una parte importante de la sociedad.

En política moderna, muchas veces no destruye tanto una frase mal formulada como la sensación emocional que deja detrás. Y esta vez el PSOE no consigue apagar ese nuevo 'incendio'.

Lo que realmente está diciendo Andalucía

Las encuestas probablemente no anticipan un terremoto. Pero sí algo quizá más profundo: un cambio gradual de humor político. La sensación dominante no es tanto entusiasmo por el PP como cansancio hacia el modelo de confrontación permanente que ha marcado buena parte de la política española reciente.

Y cuando el votante entra en fase de cansancio, suele premiar perfiles que transmiten gestión, previsibilidad y ausencia de ruido.

Ahí Moreno ha entendido perfectamente el clima emocional, este puede ser el hecho diferencial el domingo por la noche.

viernes, 20 de marzo de 2026

¿Quieres medir tu felicidad y calidad de vida social?

 

Un índice científico para medir su felicidad social y calidad de vida

Na_Studio/Shutterstock
Víctor Raúl López Ruiz, Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Universidad de Castilla-La Mancha

¿Alguna vez se ha preguntado por qué dos personas que viven en la misma ciudad, trabajan en el mismo sector y tienen ingresos similares sienten niveles de bienestar tan distintos? ¿Y si pudiera medir su felicidad social, del 1 al 10, con un índice diseñado con método científico?

El progreso de las sociedades se ha medido usualmente a través de indicadores económicos. Sin embargo, un país puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, experimentar problemas de desigualdad, polarización, precariedad laboral o deterioro ambiental.

Por este motivo, las investigaciones en ciencias sociales intentan responder a una pregunta aparentemente sencilla pero metodológicamente compleja: ¿cómo medir realmente la calidad de vida?

A qué llamamos calidad de vida

El primer reto aparece al intentar definirla. Algunos piensan en los servicios sociales como salud o educación, otros en la economía familiar, otros en el trabajo y otros en el barrio donde fijan su residencia. Todos tienen razón, pero solo en parte.

Durante años hemos usado distintos indicadores con este fin. Uno de los más influyentes es el Better Life Index desarrollado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que propone medir el bienestar a partir de once dimensiones, entre ellas empleo, educación, medioambiente, seguridad y satisfacción con la vida.

A partir de este enfoque multidimensional han surgido propuestas científicas que usan ponderaciones similares –en España, por ejemplo, el Indicador Multidimensional de Calidad de Vida del INE– o métodos que integran dimensiones con distintas técnicas. Todos ellos permiten medir la calidad de vida de los habitantes de un país o región.

En esta línea, y tras una revisión de los índices existentes y un proceso de reflexión y aprendizaje colectivo de Big Data, los expertos que formamos parte del Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV) del Grupo de Investigación en Capital Intelectual (ICRG) hemos diseñado el Multidimensional Index of Social Quality of Life (MISQL).

Comience a medir su felicidad

La nueva herramienta se centra en la calidad de vida social. Es decir, en aquello que depende del entorno y de las relaciones: familia, empleo y clima laboral, confianza comunitaria, seguridad, ocio y cultura, movilidad, medio ambiente urbano, capacidades digitales, etc.

El índice MISQL invita a detenernos unos minutos para reflexionar sobre el día a día, identificar los factores que generan equilibrio personal y comprender cómo influyen las relaciones y el contexto en el bienestar cotidiano.

Para desarrollar este método comenzamos preguntándonos qué factores sociales influyen realmente en cómo una persona evalúa su propia vida. Para responder, analizamos miles de respuestas proporcionadas anualmente por ciudadanos españoles desde 2020.

Esperábamos que la economía personal ocupase el primer lugar, pero no ha sido así: la familia y la satisfacción laboral son dimensiones más influyentes que el dinero. También destaca la confianza en el vecindario y la integración social, o sea, esa clara sensación de que podemos caminar tranquilos en nuestro entorno o de que nuestros vecinos estarán ahí si los necesitamos.

El índice toma forma cuando aplicamos coeficientes estandarizados desde un modelo socioeconométrico, permitiendo obtener ponderaciones objetivas (pesos derivados de los propios datos, no de nuestras preferencias como investigadores). Ese paso ha sido crucial, dejando que hablasen las respuestas reales de la gente.

El peso de la ciudad, el barrio y el territorio

Al aplicar el modelo sobre más de 4 100 respuestas en España para 2025, la dimensión social explica el 64 % de la variación del bienestar percibido. El resto corresponde, en buena medida, a la esfera personal (salud física y psicológica, desarrollo personal, espiritualidad, estilo de vida) y a los límites propios de cualquier medición basada en encuestas.

Esas proporciones muestran el enorme peso que tienen nuestras ciudades, barrios y entornos en cómo nos sentimos.

En cuanto a las diferencias territoriales, el índice encuentra patrones que invitan a pensar. No se trata de comunidades ganadoras y perdedoras, sino de distintas formas de vivir y sentir el entorno. Comunidades autónomas como La Rioja, Navarra, Aragón o Castilla-La Mancha muestran un equilibrio interesante entre satisfacción residencial, felicidad declarada y calidad de vida social percibida. Estas regiones destacan no tanto por cuestiones de renta personal, sino por su cohesión y la satisfacción de sus habitantes con su entorno.

Además, la dimensión de la población está asociada al mercado de la vivienda. Así, aquellas poblaciones con servicios de calidad, fácil accesibilidad y baja densidad sacan una clara ventaja en la puntuaciones del índice.

Esta nueva herramienta no es un mero ejercicio académico o individual, sino una brújula para que los responsables públicos identifiquen prioridades reales agregadas. En un mundo complejo, necesitamos indicadores que no solo midan lo que producimos, sino cómo vivimos y lo qué realmente importa.

Cómo nos sentimos en comunidad

Una cuestión que muchas personas se plantean es qué hace que nuestra vida sea, en esencia, “buena”. Y eso es lo que permite resolver el índice MISQL.

No se trata solo de obtener una puntuación, sino de favorecer una mirada más consciente sobre cómo vivimos con otros, cómo nos sentimos en nuestra comunidad y qué elementos fortalecen –o debilitan– esa armonía.

Cualquier persona puede entender mejor por qué se siente como se siente, reconociendo qué aspectos clave de su entorno social pesan más en su calidad de vida. Ahora es posible evaluar y comparar nuestra felicidad con la de la población en general, lo que permite descubrir cuáles son los condicionantes que predominan para la mayoría y qué áreas personales debemos potenciar.

Por último, cuidado con la paradoja de la felicidad: preguntarse constantemente si uno es feliz puede llevar a dejar de serlo. A menudo se experimenta mejor cuando no se busca obsesivamente, sino cuando se vive el presente con un objetivo claro. Ahora podemos observar las tendencias de nuestras sociedades desde cada individuo, permitiendo definir mejor el propósito en nuestro presente.

Víctor Raúl López Ruiz, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Econometría), Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Estadística), Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Profesora Contratada Doctora, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

jueves, 26 de febrero de 2026

Democracia, nuestra deuda con un jefe de Estado en un exilio irracional



La democracia española no cayó del cielo. No fue un regalo automático de la historia ni una consecuencia inevitable de la muerte de Francisco Franco. Fue una decisión política. Y esa decisión tuvo nombres propios. Uno de ellos fue Juan Carlos I.

Pudo optar por la continuidad del régimen. Tenía margen para hacerlo. Eligió, sin embargo, abrir el sistema. Y para ejecutar esa apertura confió en Adolfo Suárez. El tándem desmontó desde dentro el edificio autoritario: legalización de partidos, elecciones libres, Constitución de 1978. Nada estaba garantizado. Todo podía fracasar.

La prueba definitiva llegó el 23 de febrero de 1981. El golpe encabezado por Antonio Tejero no fue un episodio menor. Aquella noche, la intervención televisada del rey, en uniforme de capitán general, no fue simbólica: fue decisiva. El mensaje fue inequívoco. No habría marcha atrás. El Estado no respaldaba la involución. Esa es la verdad histórica, más allá de las revisiones interesadas.

Después vinieron las sombras. Los errores personales. Las conductas cuestionables. Las investigaciones fiscales. Nada de eso debe ocultarse. Una democracia adulta no blanquea comportamientos individuales. Pero tampoco borra la memoria institucional.

Hoy, el rey que pilotó la apertura democrática vive fuera de España sin condena penal alguna. Su situación se asemeja a un destierro asumido como peaje político en un clima de polarización y cálculo partidista. Y ahí surge la incomodidad.

¿Puede una democracia negar reconocimiento a quien fue decisivo en su nacimiento?
¿Debe el jefe del Estado que facilitó la soberanía popular terminar sus días lejos de su país?

No se trata de blindar conductas privadas. Se trata de proporcionalidad histórica. España le debe la democracia a una generación —a Suárez, a los constituyentes, a millones de ciudadanos— y también al rey que eligió reforma frente a continuidad.

Quizá el verdadero examen de nuestra democracia no esté en cómo juzga los errores, sino en cómo reconoce los servicios decisivos. Y en esa balanza, nos guste más o menos, la deuda sigue ahí.

Y hay una imagen que interpela. ¿Cómo se imagina un funeral de Estado de Juan Carlos I si llega desde un destierro tácito? Hablamos además del padre del actual jefe del Estado, Felipe VI. Hablamos de continuidad institucional y de la imagen exterior de España.

Y en paralelo, se reabren papeles, se desclasifican documentos del 23F, se reactivan debates históricos en momentos políticamente sensibles. ¿Transparencia necesaria? Siempre. ¿Oportunidad política calculada? Algunos lo interpretan así.

En un contexto de debilidad parlamentaria y polarización, cualquier movimiento sobre la memoria institucional tiene lectura estratégica. Y no son pocos los que ven en ciertos gestos una señal dirigida a equilibrios internos, a presiones cruzadas, incluso a sensibilidades que orbitan en torno a Zarzuela.

La cuestión de fondo es simple: ¿memoria con altura de Estado o memoria de coyuntura?

La hormiga no pide impunidad. Pide perspectiva.
No exige olvido. Exige proporción.

Porque cuando llegue ese día —y llegará— España no solo despedirá a un hombre. Se despedirá de una etapa fundacional. Convendría que, cuando eso ocurra, la democracia no tenga que explicar por qué confundió justicia con ingratitud.




viernes, 6 de febrero de 2026

Aragón espera este domingo una caída de Alegría que trasvasará a Vox, Azcón (PP) al borde de los 30 escaños


Las encuestas publicadas (ver como ejemplo RTVE) en los días previos al 8-F dibujan en Aragón algo más que una fotografía electoral: anticipan un movimiento de placas en el tablero político autonómico, con consecuencias que van más allá del Ebro.

El Partido Popular de Jorge Azcón se consolida como primera fuerza, con una estimación cercana al 38–39 % del voto y un resultado que oscilaría entre 29 y 30 escaños. Un crecimiento claro, sostenido, pero insuficiente para gobernar en solitario. El PP gana, pero no cierra el círculo: la aritmética vuelve a situar a Vox como socio necesario.

El PSOE de Pilar Alegría, en cambio, firma uno de sus peores escenarios históricos en Aragón. Los sondeos le asignan 17–18 escaños, confirmando un desplome electoral que no se explica solo por desgaste de gobierno, sino por una crisis de relato y de identidad. Parte del electorado socialista se disuelve hacia la abstención; otra parte migra sin complejos hacia la derecha.

Ahí aparece Vox, el otro gran protagonista del ciclo. Con estimaciones de hasta 11–12 escaños, la formación recoge buena parte del voto socialista perdido y se convierte en actor estructural del nuevo bloque conservador. No crece solo por movilización propia: crece por trasvase, por ruptura emocional con el PSOE y por una polarización que castiga al centro-izquierda.

El mapa se completa con el hundimiento definitivo de Podemos y del PAR, que quedarían fuera del Parlamento, y con una izquierda cada vez más fragmentada. En ese contexto, Chunta Aragonesista resiste e incluso mejora ligeramente (3-4 escaños), confirmando que identidad, coherencia y territorio siguen siendo activos electorales cuando el resto se diluye. IU-Sumar (2 escaños, subiría uno) mantiene una presencia menor, sin capacidad de compensar la pérdida global del bloque progresista.

Aragón, así, no solo decide un gobierno. Ensaya un cambio de ciclo. Un escenario donde la derecha se ordena, la izquierda se divide y el centro desaparece como espacio político reconocible.

Ciertamente las derechas del parlamento aragonés superan claramente el 55%, este giro a la extremeña incluso puede mantener un gobierno en minoría del PP, pero siempre con el permiso del ganador moral de la cita, un VOX revitalizado con cerca de un 17% del electorado. Alegría parece haber hecho los deberes llevando al PSOE aragonés a un fracaso anunciado e histórico, similar al logrado hace unos días por Gallardo.

La hormiga lo ve claro:

Alegría firma de nuevo el descalabro de un sanchismo que no da más de sí.
Cuando el relato se agota, los votos emigran. Aragón no solo anticipa un gobierno: ensaya un cambio de ciclo. Y cuando los ciclos se mueven en las autonomías, las generales dejan de ser una hipótesis y empiezan a parecer un calendario.


miércoles, 10 de diciembre de 2025

El problema de la vivienda, la corrupción y la desigualdad social erosionan la calidad de vida de los españoles

 

Podemos afirmar sin rodeos que el índice ponderado de felicidad social y calidad de vida de los españoles vuelve a retroceder en 2025. Este índice, elaborado por el Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV), es de tipo subjetivo y mide las percepciones reales sobre el entorno residencial, familiar, laboral y económico.

El estudio anual recoge los factores sensibles al bienestar social, como la oferta de servicios públicos, integración social, política de vivienda, planificación urbana, gestión y gobernanza, unidos a cuestiones coyunturales como las crisis sanitarias o económicas.

El dato es claro: 7,17 sobre 10, dos décimas menos que en 2024 y medio punto por debajo del máximo alcanzado en 2020. Detrás del descenso aparece un triángulo muy reconocible: precio de la vivienda, corrupción e integración social. A estos tres pilares se suman dos fenómenos que erosionan estructuralmente nuestro bienestar: el edadismo digital, visible para tres de cada cuatro españoles en una población que envejece, y la soledad no deseada, que afecta al 40 % de los jóvenes adultos menores de treinta años.

El muro que crece cada año

España vive un momento crítico en el mercado inmobiliario. En Baleares, Madrid y Cataluña los precios han superado ya los de la burbuja de 2008. No se trata de un vaivén coyuntural, es un problema que atraviesa la vida de miles de familias.

¿Qué implica esto para la sociedad? El acceso a la vivienda se ha convertido en un desafío insalvable para jóvenes, parejas que quieren emanciparse y clases medias que ven cómo su alquiler sube año tras año, mientras una hipoteca se convierte en un sueño imposible. El resultado es conocido: más precariedad, expulsión de residentes hacia zonas periféricas y pérdida progresiva de estabilidad.

La falta de intervención pública, la caída en la oferta privada, la presión de la demanda, las tensiones inflacionistas en el mercado de alquiler y el auge de los alojamientos turísticos en grandes ciudades y áreas costeras componen un cóctel que genera desigualdad y vulnerabilidad.

En el estudio para 2025 los residentes valoran la relación entre precio, ubicación y calidad de la vivienda cerca del mínimo posible: apenas una puntación de 1 sobre 10 en las zonas más tensionadas. Solo aprueban Extremadura, La Rioja y algunas áreas de baja presión demográfica y turística en Castilla y León y Castilla-La Mancha. La España rural despoblada sigue sin consolidarse como alternativa residencial, más allá del refugio temporal que ofreció durante los meses más duros de la pandemia.

Precio de la vivienda relacionado con calidad y ubicación. Observatorio de intangibles y calidad de vida (OICV_ICRG). España 2025.


Turismo: ¿impulso económico o amenaza?

El turismo se ha convertido en el motor económico de muchas zonas costeras y de interior, transformando su paisaje urbano y social. Sin embargo, detrás de las cifras récord de visitantes y los titulares sobre crecimiento económico surge una pregunta clave: ¿cómo afecta realmente esta actividad a la calidad de vida de quienes habitan estos destinos?

Por un lado, el turismo trae consigo beneficios indiscutibles. Genera empleo, impulsa la inversión en infraestructuras y mejora servicios que también disfrutan los residentes. Además, la interacción con visitantes fomenta la apertura social y el intercambio cultural, enriqueciendo la identidad local.

No todo es positivo. De media, el 30 % de los residentes ponen un suspenso a su relación con el turismo, llegando al 50 % en regiones tensionadas como Baleares, Cataluña o Cantabria.

La llegada masiva de turistas en temporada alta tensiona los recursos básicos: hospitales saturados, transporte colapsado y servicios públicos al límite. A esto se suma el encarecimiento de la vivienda en propiedad y en alquiler, la pérdida de espacios comunitarios y el deterioro ambiental, que amenaza tanto la biodiversidad como la esencia cultural de las ciudades. El resultado puede ser una paradoja: mientras la economía florece, la vida cotidiana se complica.

La clave está en la planificación. Un turismo sostenible, que regule el uso del suelo, proteja el medio ambiente y escuche a la comunidad, puede equilibrar la balanza. Sin estas medidas, el riesgo es evidente, aquello que atrae a los turistas puede acabar expulsando a quienes habitan esos lugares por el bloqueo al acceso de vivienda y de servicios de transporte.

La exclusión tecnológica sigue siendo un problema

Vivimos en una sociedad sostenida relacionalmente por la infraestructura digital. La tecnología conecta, pero abre nuevas brechas. A las desigualdades clásicas, como la salarial de género, se suman otras de naturaleza digital.

El edadismo digital reduce la calidad de vida de las personas mayores. La exclusión tecnológica no es un inconveniente menor, pues implica problemas para acceder a servicios, sentirse desorientados, perder autonomía y caer en situaciones de aislamiento social. El umbral crítico aparece en torno a los 75 años.

Y no están solos. La soledad no deseada alcanza niveles alarmantes entre los jóvenes menores de 30 años. De este modo España, en 2025, convive con dos polos de soledad que crecen a la vez.

A ello se suma un clima social complejo. La polarización política y la mala gestión pública generan incertidumbre y minan la confianza ciudadana. La falta de políticas de integración, la inmigración de baja cualificación y las grietas en el mercado laboral están creando nuevos guetos urbanos de pobreza y exclusión.

El IX informe Fundación FOESSA sobre exclusión y desarrollo social en España (informe Cáritas 2025) pone de manifiesto una situación de profunda fragmentación social y aumento de la exclusión, con 9,4 millones de personas en riesgo de pobreza.

La llamada clase media se ha reducido sustancialmente, ampliándose las brechas sociales. Aunque se ha incrementado el salario mínimo, se está produciendo un efecto nivelación a la baja del salario medio en los trabajos cualificados que empeora la capacidad adquisitiva.

Corrupción en la Comunitat Valenciana

Además, la corrupción provoca una separación entre clase política y sociedad, lo que resulta en las peores valoraciones del estudio en 2025. La Comunitat Valenciana presenta hoy los valores más críticos, después de haber encabezado el ranking en 2024, ejercicio en el que el trabajo de campo se cerró justo antes de la dana.

La calidad de vida se resiente en zonas urbanas, turísticas y tecnológicamente exigentes. Más españoles viven en situación de vulnerabilidad y el bienestar retrocede. Cuando el deterioro es constante, hay que intervenir.The Conversation

Víctor Raúl López Ruiz, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Econometría), Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Estadística), Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Profesora Contratada Doctora, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.


The Conversation

lunes, 3 de noviembre de 2025

El barómetro que se mira al espejo colgado a la izquierda

Cada mes, el CIS nos entrega una nueva fotografía del país. Pero conviene recordar que toda fotografía depende del lente con que se toma y de la luz que la ilumina. En los barómetros de septiembre y octubre, más que una imagen de la realidad, parece que asistimos a un reflejo: el de la voluntad de quien sostiene la cámara.

Porque, ¿Qué ocurre cuando la muestra se inclina —aunque sea apenas— hacia un lado del tablero? Cuando la estadística, que debería medir con equilibrio, se convierte en instrumento de relato. En los últimos sondeos del CIS, las diferencias entre las estimaciones y el comportamiento real de los votantes han reabierto el debate sobre la neutralidad del instituto. Y no es un asunto menor: la confianza en los datos es el fundamento invisible de cualquier democracia informada. Vamos al dato, en la metodología la media entre izquierda y derecha de la muestra se desvía hacia la primera en un punto desde el 5,5 al 4,53 exactamente.

Los márgenes de error, las ponderaciones o la selección de las muestras no son tecnicismos: son el corazón del método. Si se elige más a unos que a otros, si se ajustan los pesos según la conveniencia del momento, el resultado deja de reflejar la opinión pública y empieza a fabricarla. En Octubre el CIS entrevistó apenas a 4000 españoles, de los que unos 3300 votaron en 2023, pues recuerdan haber votado en la muestra del CIS al PP sólo un 18,9% cuando fue cerca del 34% de la población, el fiasco y sesgo no deja dudas. 

No se trata de desconfiar de la demoscopia, sino de exigirle rigor. Las encuestas no deberían decirnos lo que debemos pensar, sino ayudarnos a comprender cómo pensamos colectivamente. Ahí radica el verdadero valor del CIS: en ser espejo, no decorado.

Quizá haya llegado el momento de recordar que la estadística no tiene ideología, solo método. Que el dato, cuando se manipula, pierde su alma. Y que detrás de cada número hay ciudadanos reales, con vidas, con dudas, con votos que pesan más que cualquier estimación.

Al final, todo barómetro mide también la temperatura de la confianza. Y en estos tiempos de ruido, conviene recordar que el secreto del hormiguero está en mirar debajo de los datos. el señor Tezanos a olvidado la ética que se inculca en la academia, son privilegios de un emérito, o de un político que fue científico.



jueves, 20 de marzo de 2025

¿Qué hace a las personas sentirse más o menos felices?


iHumnoi/Shutterstock
Víctor Raúl López Ruiz, Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Universidad de Castilla-La Mancha

Deshagamos tópicos: en términos sociales, y también individuales, la felicidad se puede medir. Es un hecho. En esta cuestión se emplazan distintas ciencias explícitamente, a través de diferentes indicadores, en gran parte subjetivos, desde el siglo pasado.

Es una realidad que siempre ha generado opinión, desde los antiguos filósofos. El físico alemán Albert Einstein encontró el secreto de la felicidad: decía que “una vida tranquila y modesta trae más felicidad que una búsqueda de éxito ligada a una constante inquietud”. Además, defendía que en el campo social contribuir al bienestar de los demás era el propósito de la existencia del individuo.

Merece la pena retomar estas sabias reflexiones en época digital y ver cómo se está transformando la sociedad a través de los indicadores de felicidad de sus individuos.

La felicidad, mejor si es digital

Se trata de una cuestión muy antigua, ya analizada por Aristóteles. A través de su concepción política, el Estado, la sociedad tiene un objetivo esencial: la felicidad de sus miembros. La novedad en la actualidad es la incorporación digital en las relaciones humanas. La cuestión es si se trata de un factor que ayuda a aquel objetivo.

Entre los cambios resaltados desde la ONU por el World Happiness Report en su análisis de la felicidad por grupos de edad, destaca la conclusión de que desde la crisis de inicio de siglo (2006-2010), la desigualdad en términos de felicidad ha aumentado. Pero especialmente para los ancianos, destacando el África subsahariana.

Son muchos los factores sociales implicados en estos rankings a nivel mundial: envejecimiento, pandemias, digitalización, conflictos bélicos y desigualdad económica o pobreza, por citar algunos. Dentro de este cóctel, en occidente adquiere importancia el envejecimiento y la digitalización.

En España, desde el Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV) para 2024, concluimos que los ciudadanos con altas capacidades digitales alcanzan mayores niveles de calidad de vida y felicidad social. Entre los factores que los condicionan en sentido positivo se incluyen la sostenibilidad, el entorno laboral interconectado con posibilidad remota, las opciones culturales y deportivas y el turismo.

En negativo, o mejor, minorando su importancia, queda la familia y el sentido de comunidad. Es decir, estos ciudadanos están más aislados al tiempo que más conectados. Sustituyen relaciones sociales presenciales por digitales.

Por último, las capacidades digitales se encuentran directamente vinculadas con la edad, existiendo una clara barrera en los nacidos antes de 1970.

En resumen, la sociedad se transforma en digital dejando fuera fundamentalmente a los mayores con bajas capacidades. Estos individuos “analógicos” se sienten menos felices en esta sociedad. Sus patrones para alcanzar la felicidad son diferentes, provocando rechazos y aislamiento, a partir de la denominada brecha digital. Esos patrones pueden analizarse a través de los factores clave: familia, economía, trabajo, movilidad, salud…

A partir de la estimación del modelo de la felicidad (OICV), los mayores españoles solo logran el 58 % de su felicidad por vía social, frente al 67 % en los adultos y el 66 % en los jóvenes. El resto es inherente al individuo.

El uso y acceso a las nuevas tecnologías generan capacidades digitales. Son un nuevo factor diferenciador social, con similar importancia al de la alfabetización o la formación académica en siglos pasados. En nuestra sociedad existe, insistimos, una brecha digital.

Esta división se correlaciona claramente con la edad. Las personas mayores, que no crecieron con la tecnología, a menudo se enfrentan a desafíos para adaptarse a las herramientas digitales. Las generaciones más jóvenes, que han estado expuestas a la tecnología desde una edad temprana, suelen tener habilidades digitales más avanzadas.

Esta disparidad puede afectar significativamente a la participación en la sociedad moderna, y a las relaciones que no precisan de presencia física. La capacidad de utilizar tecnologías digitales influye en el acceso a la información, las oportunidades laborales, los servicios públicos y la participación en la vida social y económica, haciendo de la brecha digital un tema crucial para promover la inclusión y la equidad en la sociedad contemporánea.

Situaciones que afectan en el día a día a los individuos, por cuestión de eficacia y eficiencia, se han impuesto en un formato digital para el que muchos mayores no están ni quieren estar preparados. Esta circunstancia genera frustración y, por tanto, infelicidad.

De igual forma, tener éxito en la ejecución de estos formatos genera satisfacción y hace de los individuos digitales seres más felices. Sin embargo, la hiperconectividad tecnológica, en la que se eliminan las relaciones presenciales, puede derivar en problemas de ansiedad y aislamiento.

Desde el OICV hemos documentado en España los dos perfiles, extrapolables en buena medida a los países de Occidente. Por un lado, la brecha digital impacta sobre mayores de 60 años, acentuada en las mujeres y por la formación recibida. En la otra parte tenemos a los jóvenes menores de 30 años, sobreexpuestos a la conexión digital en tiempo de pandemia.

El Día de la Felicidad frente al blue Monday

En nuestra sociedad digital, tan de cortos plazos en la consecución de objetivos, tenemos un Día Internacional de la Felicidad, el 20 de marzo, establecido en 2012 por la ONU para fomentar el bienestar y la salud mental de las personas. En este día se ofrecen desde esta organización las mediciones y rankings de países sobre la cuestión.

Pero también se ha instaurado el “día de la infelicidad”: el tercer lunes de enero, el llamado blue Monday. En este caso, nace asociado a factores comerciales, aunque trata de adjetivarse como científico. Incorpora cuestiones sociales e incluso climáticas (pero solo del hemisferio norte) y es tachado como el más triste del año en términos sociales.

Pero lo cierto es que muchos seres humanos son infelices debido a los nuevos patrones de relación entre individuos en la sociedad digital. Al menos podemos subrayar dos situaciones de exclusión social que hacen a sus víctimas menos felices en la sociedad digital: la vulnerabilidad analógica y la alienación digital, entrelazadas por el contexto tecnológico actual.

Soledad no deseada: mayores de 75 años y menores de 30

Las cifras más elevadas en soledad no deseada en España en 2024 recaen en estos dos perfiles: mayores de 75 años y menores de 30 años.

Por una parte, lo que denominamos vulnerabilidad analógica repercute claramente en los mayores por sus carencias en capacidades digitales, provocando discriminación, aislamiento social y vulnerabilidad. El sentimiento de dependencia, unido a lo desconocido, provoca rechazo, frustración y, finalmente, soledad. Es decir, son personas infelices en mayor medida.

Por otra, está la alienación digital, que condiciona prioritariamente a jóvenes con altas capacidades digitales expuestos a la conectividad de millones de personas. Esta distopía digital genera una dependencia no presencial, desconexión social, deshumanización y una sensación de distanciamiento de nuestras propias experiencias y realidades.

El resultado es el mismo: vulnerabilidad, frustración, aislamiento e infelicidad. Quizá esta situación es aún peor, pues en esa distopía abandonan la sociedad y su forma política, quedando al margen del objetivo aristotélico de cualquier estado: la búsqueda de felicidad de sus integrantes a partir de su interactuación.

Los jóvenes occidentales son ahora menos felices y tienden a la frustración, la alienación y el rechazo ante un sistema que está provocando incluso la crisis de los sistemas democráticos.

Lo mejor quizá está por llegar, con los sistemas sustitutivos de relaciones personales a través de la IA. ¿Será la felicidad social en su mayor parte digital?The Conversation

Víctor Raúl López Ruiz, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Econometría), Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Estadística), Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Profesora Contratada Doctora, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

viernes, 31 de enero de 2025

Decreto omnibús troceado y otras cuestiones de Confianza

Aprendemos cada día sobre una nueva forma de gobernar, basada en retóricas y cambios de opinión que se soportan claramente en el frentismo ante lo que se quiere hacer ver como postura conservadora versus progresista, para poder echar mano de ella en un previsible escenario electoral. 
Por otra parte, su socio de gobierno 'Junts', ha culminado la negociación con todo a su favor, dejando claro qué 29 medidas aprobaría, de las 80 iniciales, y que por ejemplo nunca sometería a las energéticas a mayor presión fiscal, tal como dijo desde sus negociaciones iniciales en la segunda mitad de 2024 oponiéndose frontalmente a lo pactado entre Sumar y PSOE. 
En el horizonte cercano ha quedado cerrado un preacuerdo cara a los necesarios presupuestos en el que se incluye la 'PNL' sobre la cuestión de confianza, y lo que es más importante para Waterloo nuevas competencias en inmigración y sobre el reparto de inmigrantes ilegales por Canarias, sobre las fronteras y aduanas para los 'Mossos' y la financiación singular, todo ello para Cataluña que deberá ser consensuado y firmado en Suiza con observadores internacionales. Es decir, una nueva vuelta de tuerca independentista, en gran medida inconstitucional, que además obliga al Gobierno, para poder cerrar una legislatura de cuatro años.
En el camino, en todo lo alto, un dispendio de críticas fundamentalmente hacia el PP culpándole de 'todo aquello' que genera este pacto para evitar una alternativa que pueda en el corto plazo negarle la confianza o censurarle. En el medio plazo ganar unas nuevas elecciones. Esta es la estrategia tan 'genial' que se propone desde Moncloa y que reside en una acotada e interesada memoria histórica y una ideología que no busca el consenso entre españoles sino el frentismo para mantener la división del parlamento. 
En aquello de la memoria histórica de los últimos 50 años estaría bien que alguno de los asesores le recordara al Presidente, doctor en economía, la diferencia entre renta per cápita y PIB per cápita, así como el concepto de bruto versus neto condicionado sin duda por la comparativa de la presión fiscal sufrida por los contribuyentes en dos momentos del tiempo, pero eso creo que es otra historia que a pocos interesa.  

Mi recomendación, ver el proceso completo y dar la merecida credibilidad a quien la posee que además suele ser, actualmente, el que no presume de ello. Confiemos en el tiempo, como dijera Cervantes.




miércoles, 11 de diciembre de 2024

La soledad y la brecha digital, los mayores obstáculos para la calidad de vida de los españoles

Jorm Sangsorn/Shutterstock
Víctor Raúl López Ruiz, Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Universidad de Castilla-La Mancha

El método científico nos ayuda a entender cómo vivimos en sociedad y a identificar los factores que impactan positivamente en la calidad de vida de los españoles. Según el informe del Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV) de 2024, en España somos menos felices socialmente en comparación con 2023 (7,45 frente a 7,72 en escala de 1 a 10).

Enfrentamos un desafío clave: habitamos una sociedad que apuesta por la sostenibilidad y la digitalización en nuestras relaciones. Sin embargo, las mayores satisfacciones suelen encontrarse en entornos rurales o en ciudades intermedias inteligentes donde la tecnología y la cercanía comunitaria logran un equilibrio ideal.

En esta sociedad interconectada afrontamos el reto de equilibrar los beneficios de la digitalización con las brechas que deja a su paso. Por un lado, las competencias digitales se consolidan como un elemento clave para alcanzar la felicidad social. Por otro, la soledad no deseada continúa afectando tanto a jóvenes como a mayores, evidenciando una desconexión emocional en medio de tanta conexión tecnológica.

La pregunta clave es: ¿cómo interactúan estos dos fenómenos y qué podemos hacer para construir una sociedad más inclusiva, equilibrada y conectada?

El doble filo de la digitalización

Las capacidades digitales son clave para alcanzar una mejor felicidad social. En la aplicación del modelo de felicidad social para España en 2024 suponen hasta un 4 %. Facilitan la conexión social, el acceso a la información y a los servicios. Además existe una clara relación positiva en la población entre dichas capacidades e indicadores en calidad de vida.

Sin embargo, este factor también puede aumentar la vulnerabilidad de quienes no cuentan con las habilidades o recursos necesarios para adaptarse. Se presenta así como un reto significativo que debe ser abordado para asegurar una inclusión digital equitativa y evitar la exclusión de los grupos más vulnerables.

El impacto de la digitalización varía notablemente según la edad. Para los jóvenes, se trata de una herramienta de aprendizaje y expansión social. En cambio, para los mayores, la tecnología se convierte en una vía poderosa para combatir la soledad, permitiéndoles mantenerse conectados con el entorno familiar y residencial.

A pesar de este potencial, muchos mayores enfrentan barreras para integrarse en el mundo digital, lo que incrementa su aislamiento y sensación de exclusión. Una de las consecuencias es el edadismo digital, realidad en nuestra sociedad actual que identifica claramente a la población mayor de 40 años.

La cuestión radica en reducir estas brechas digitales, transformando la tecnología en una herramienta verdaderamente inclusiva para todas las generaciones, independientemente de su edad, género u origen socioeconómico. En la actualidad, la brecha en capacidad digital está motivada fundamentalmente por esas tres cuestiones.

La soledad no deseada: un desafío transversal

La soledad no deseada es un problema social profundo, definido por la percepción de una carencia en la cantidad o calidad de las relaciones sociales. En 2024, de acuerdo con OICV, en torno al 26 % de españoles la han sentido en algún momento. Aunque afecta a personas de todas las edades, se manifiesta de formas diferentes según el grupo etario. De hecho, en jóvenes menores de 30 años alcanza el 45 % y en mayores de 80 años rebasa el 50 %.

En niños y adolescentes puede surgir por la falta de integración social o el acoso escolar. En los adultos se relaciona frecuentemente con la presión laboral y la falta de tiempo para cultivar relaciones personales. En el caso de las personas mayores, este sentimiento suele estar vinculado a la pérdida de seres queridos, la jubilación, la disminución de sus redes de apoyo social o las limitaciones físicas que dificultan la interacción social lo que lleva consigo un aumento del aislamiento social.

En nuestro análisis demostramos irrefutablemente que la soledad impacta negativamente en múltiples aspectos de la calidad de vida, especialmente en los mayores. Si focalizamos, el perfil vulnerable es el de mujer viuda de más de 75 años, añadiendo brecha de género y estado civil.

Fomentar la interacción social, preferentemente “analógica” (presencial), entre generaciones emerge como una estrategia efectiva para combatir la soledad no deseada. En todo caso, combinada con las nuevas tecnologías, esta interacción puede potenciar la inclusión social y reducir la sensación de aislamiento. Sin embargo, las personas mayores se enfrentan a mayores barreras en el uso de estas herramientas, lo que limita su acceso a soluciones que podrían mejorar significativamente su bienestar.

Abordar la soledad no deseada en los mayores requiere un enfoque integral que combine apoyo social, acceso a servicios y oportunidades para la participación activa en la comunidad. La tecnología ofrece soluciones prometedoras para mitigar este problema. A través de herramientas digitales e incluso la IA, los mayores pueden mantenerse conectados reduciendo el sentimiento de aislamiento.

Estas iniciativas no solo mejoran la calidad de vida de los mayores, sino que también fomentan un sentido de pertenencia y conexión en una era cada vez más digital. Un buen comienzo es que desde los servicios asistenciales a mayores (residencias, centros de mayores) la infraestructura de conexión libre a red (wifi) sea un hecho, como desde cualquier centro educativo.

El estudio de una macroencuesta nacional, realizada por quinto año consecutivo por el OICV, señala que los residentes en España con mejores estándares de calidad de vida destacan por sus altas capacidades digitales, especialmente en el uso de dispositivos, redes sociales y acceso a servicios telemáticos.

Viven habitualmente en el entorno rural o en ciudades intermedias eficientes y accesibles, en la zona centro y en la norte. Su calidad de vida es algo mayor para los varones. En cualquier caso son residentes que viven en pareja o casados con edades entre los 45 y 55 años, babyboomers.

En lo referente a su esfera laboral se encuentran empleados de forma estable en sectores como educación, sector primario, sanidad y sector financiero. Teletrabajan solo de forma complementaria y su poder adquisitivo es medio-alto.

Preocupaciones de los españoles que mejor viven

Entre sus mayores preocupaciones sociales sitúan la gobernanza de los decisores políticos, la soledad no deseada, el precio de la vivienda, el edadismo digital y la sostenibilidad. La institución principal en su felicidad social es de forma destacada la familia. Las formas reconocidas para la mejora en calidad de vida se dirigen al emprendimiento y la educación. La cultura, la práctica de deporte y el turismo son determinantes en su felicidad social cotidiana.

En resumen, la sociedad digital actual debe cuidar ampliamente a los dos sectores de edad más vulnerables: jóvenes y mayores, siendo la mejor estrategia la interconexión entre ambas generaciones y siempre que sea posible de forma presencial. En el camino podemos dar respuesta social a problemas clave como la vivienda o la asistencia y el cuidado de mayores.The Conversation

Víctor Raúl López Ruiz, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Econometría), Universidad de Castilla-La Mancha; Domingo Nevado Peña, Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de Castilla-La Mancha; José Luis Alfaro Navarro, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Estadística), Universidad de Castilla-La Mancha y Nuria Huete Alcocer, Profesora Contratada Doctora, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

viernes, 8 de noviembre de 2024

Sobre la Dana y el Republicano, la causalidad infinita en 5 horas

by Microsoft Copilot

Le llaman 'efecto mariposa', más de 30 años observando me llevan a creer firmemente que no existe la casualidad, pero sí la causalidad infinita. Así comienzo un nuevo ciclo en el secreto del hormiguero que quiero acabar con vosotros en un nuevo libro, ese es mi 'efecto mariposa'. No obstante, en unos días hemos tenido dos efectos que bien podrían ser aislados, aunque al menos están conectados por el tiempo, por los decisores y gestores públicos que han sido de una u otra forma sus protagonistas. Pero además fueron motivo de debate en el mismo programa en el que colaboro en Visión 6 TV.

La Dana en Valencia: Una Crisis Evitable

La mañana del 29 de octubre me levanté con las noticias de una alerta roja, naranja y amarilla de la AEMET que se cernía sobre todo el Levante español y se adentraba hasta Castilla. Crucé los dedos y miré al cielo después de ver los grandes granizos 'como pelotas de pimpón' en El Egido (Almería), otra vez, pensé: si no es un terremoto es una Dana, que casualidad para los que vivan allí. Miré de nuevo al cielo y fui andando al trabajo, en Albacete, pensando que podría volver empapado porque aún a pesar de portar paraguas. Y después fue Letur, luego Utiel, Mira y Requena, que barbaridad de agua, aunque el arroyo que la trajo al pueblo de Albacete viniera desde Murcia. En casa, ni una gota. Pero después vendría lo peor el 'Tsunami fluvial', como lo bautizaron algunos, que con más de dos metros  pasara arrastrando todo tipo de fango, ramas, piedras, y desbordaba barrancos, arroyos, arramblando con carreteras, puentes, casas, coches y vidas humanas, más de doscientas. 

El resultado es que a pesar de las herramientas al alcance, un estado competencialmente diverso y múltiples gestores pocas cosas pueden ser más claras: 'la falta de acción o de planes preventivos concretos representa una forma de negligencia que acaba en tragedia'. Los responsables de uno y otro lado se echan la culpa y pasan cinco días para que la ayuda proporcional llegue, se logre. La falta de servicios de todo tipo, las necesidades mínimas no cubiertas, el rescate de damnificados, la rapiña de miserables a sus anchas, en fin, que más justificaba una actuación al nivel que había visto hacía unos días con ocasión de la alerta en La Florida por el huracán Milton. Espero que como con el Katrina (2005) se consiga aprender la lección, y no vuelva a ocurrir el 'efecto mariposa', pues nadie duda que volverá a pasar, ni los negacionistas del efecto climático que recuerdan las inundaciones del Turia en el 1957. 

También espero que cuando escampe, ni el olvido ni las no dimisiones lleguen. Espero que se produzcan de los dos lados y también que no se 'juegue' con la catástrofe para fines electoralistas de unos u otros. Aunque también os digo que no pinta así, que prepararé una silla y que el 'efecto mariposa' que se supone será otro.

La Victoria de Trump: Un Evento Político "Imposible"

Y cuando la 'normalidad' de medios, más allá del pueblo ayuda al pueblo había llegado a la provincia de Valencia tras una Dana de más de una semana que recorrió hasta cinco comunidades, se producía en USA su 'supermartes', ese de cada cuatro años, de nuevo con la victoria de Trump, un fenómeno que muchos expertos y medios consideraron improbable. No fue mi caso. Para mi fue mayor la sorpresa de que en Albacete capital aquel día de finales de octubre apenas se recogieran 1,5 litros por metro cuadrado. Y es que todo había sido una causalidad infinita para que un candidato a todas luces imposible se alzara con la mayoría de escaños y electores. Dirán muchos que fue a golpe de talonario y de compra de votos, pero si algo sabemos del sistema americano es que ese es un mal común para ambos partidos: demócrata y republicano. De hecho fue una de las razones que mantuvo las aspiraciones de Biden hasta agosto, en donde su edad, despistes y dólares buscaron desesperadamente a una vicepresidenta que estuvo apartada y en la mayor noche cerrada ante los americanos que se recuerda, la Sra. Harris. Algunos la vieron cerca, pero estos errores no se superan, menos por una mujer, en un país tan conservador como aquel, en el que el capitalismo había estado continuamente asediado por el paro y la inflación soportando los devaneos de Europa, sus conflictos y políticas medioambientales, que su mayor enemigo comercial, China, nunca ha querido aceptar. 

Y así llegó por segunda vez, con dos intentos de asesinato en campaña y su historial ya filmado de devaneos, juicios, asalto a la Casa Blanca y qué más,... lo que hiciera falta... El señor Musk, sí, el señor X. Pero, lo cierto es que entre Harris o Trump, los americanos no pueden elegir más, ni tampoco coaliciones. Así, se quedaron con Trump que parece más resuelto a mirar por lo suyo, a poner orden en su país, restringir la inmigración ilegal con deportaciones y muros, frenar financiación de energía barata a Europa, reducir el gasto en guerras externas y proteger con aranceles su mercado. Suficiente ante el más de lo mismo de una Harris controlada por su partido hacia un seguidismo de Biden.

Ignorar señales de advertencia lleva a consecuencias devastadoras. En ambos casos, subestimaciones que parecían inofensivas dieron paso a realidades impactantes y aparentemente impredecibles. ¿Cuántas más "danas" y "victorias inesperadas" hacen falta para que cambiemos nuestra manera de actuar? La casualidad no existe, estoy completamente seguro.

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