miércoles, 24 de junio de 2026

La presencialidad no se impone, se gana


Uno de los debates recurrentes en la universidad gira en torno a la asistencia a clase. Cada curso vuelven las mismas preguntas en los claustros: "por qué los alumnos no acuden al aula, qué mecanismos pueden utilizarse para incentivar su presencia o si la evaluación continua debe servir también para garantizarla".

Nunca he sido partidario de obligar a nadie a asistir a una de mis clases, otra cosa son determinados eventos competenciales de los que podremos hablar en otro momento. Y lo digo después de más de treinta y tres años como profesor universitario y de más de dos décadas como estudiante entre licenciaturas, doctorado y otros procesos de formación. No porque crea que la presencialidad carece de valor, sino precisamente porque creo en ella.

Siempre me ha parecido que la universidad debe ser también un espacio de responsabilidad personal. Por eso nunca he entendido la necesidad de justificar ausencias ni de controlar entradas y salidas del aula. Los estudiantes universitarios son adultos que toman decisiones sobre su formación y deben asumir también las consecuencias de esas decisiones.

La máxima satisfacción de un profesor no debería ser pasar lista. De hecho, nunca lo he hecho. El primer día de clase suelo dedicar unos minutos a presentarnos, todos los que estamos en el aula. La verdadera satisfacción llega cuando uno entra en clase y la encuentra llena porque los estudiantes consideran que merece la pena estar allí.

Quizá mi forma de entender este asunto tenga mucho que ver con mi propia experiencia. Como alumno también elegía. Había asignaturas a las que acudía sistemáticamente porque sentía que cada clase me aportaba algo que no podía obtener por mi cuenta. Otras veces valoraba si el tiempo invertido compensaba realmente el aprendizaje obtenido. Lo hacíamos entonces y lo siguen haciendo los estudiantes de hoy.

La experiencia más reveladora la viví precisamente en una universidad de enseñanza no presencial. Nadie me obligaba a asistir a tutorías, pero en determinadas asignaturas buscaba a los tutores para hablar con ellos, discutir contenidos, profundizar en conceptos o comprender mejor determinadas competencias. Cuando existe interés intelectual, la presencialidad deja de ser una obligación y se convierte en una necesidad.

Hay además una paradoja que siempre me ha llamado la atención. Llevo más de veinte años sin entrar en clase con un solo papel. Las guías, planificaciones, los guiones de trabajo, los materiales complementarios, los vídeos sintéticos, los ejercicios y los casos prácticos han estado disponibles digitalmente para mis alumnos desde el primer día mucho antes de que la digitalización educativa se convirtiera en una consigna institucional. Nunca he entendido el aula como un lugar donde se distribuye información. Para eso existen otros medios mucho más eficientes.

Precisamente por eso sigo creyendo en la enseñanza presencial.

La clase no puede consistir en leer unas diapositivas que el alumno ya tiene en su ordenador ni en repetir contenidos que aparecen en cualquier manual encorsetados por un temario inflexible. Su valor está en interpretar, relacionar, contextualizar y discutir esos contenidos desde la experiencia académica y profesional. Está en conectar la teoría con la realidad y en transformar información en conocimiento útil. Cualquiera de mis estudiantes asocia deflactar al coste de un simple café o varios correlacionado con un billete, y eso no está de esa forma explicitado en ningún libro o temario, es experiencia.

A veces escucho decir que los estudiantes ya no son como antes. Probablemente sea cierto. Pero tampoco los profesores deberíamos ser exactamente los mismos que hace treinta años. La universidad ha cambiado, las herramientas han cambiado y las formas de aprender también. Lo que no ha cambiado es la necesidad de despertar interés.

Durante años he escuchado que la solución a las aulas vacías pasa por endurecer los controles de asistencia, personalmente nunca lo he visto así. Obligar a un estudiante a ocupar físicamente una silla puede resolver una estadística, pero difícilmente resolverá un problema educativo. La verdadera cuestión es si el alumno siente que pierde algo importante cuando decide no acudir.

La asistencia es probablemente uno de los indicadores más sinceros de la calidad percibida de una asignatura. Por eso creo que el debate suele plantearse de forma equivocada. Más que preguntarnos por qué los estudiantes no vienen a clase, quizá deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que quieran venir.

La hormiga

La hormiga ha conocido universidades sin internet, con internet, con campus virtuales y ahora con inteligencia artificial. Sin embargo, ha observado algo que apenas ha cambiado con el tiempo, los estudiantes siguen acudiendo allí donde sienten que aprenden algo que merece su esfuerzo.

Por eso sospecha que muchas aulas vacías no son un problema de presencialidad. Son, sobre todo, un problema de propuesta de valor. Porque la presencialidad, como el respeto académico, la autoridad intelectual o la confianza, no suele ser consecuencia de una norma, sino del valor que otros perciben en nosotros.

jueves, 18 de junio de 2026

El mayor fracaso docente es aceptar que un alto nivel de suspensos es un problema del alumnado

Hay ideas que uno va construyendo con los años. Otras, sin embargo, llegan pronto y el tiempo simplemente se encarga de confirmarlas.

No obstante, tras más de treinta y tres años como profesor universitario, más de una década como estudiante con dos licenciaturas y un doctorado, antes y después de ocupar el otro lado de la mesa, y toda una vida vinculada al mundo de la educación, hay una convicción que no solo mantengo, sino que cada curso veo más clara: si un profesor suspende sistemáticamente a una gran parte de su alumnado, antes de buscar explicaciones en los estudiantes debería empezar por mirarse a sí mismo.

Sé que esta afirmación incomoda, también que muchos compañeros responderán inmediatamente con argumentos conocidos para justificarlo: "el nivel ha bajado, los estudiantes llegan peor preparados, no trabajan lo suficiente, la universidad no puede regalar aprobados..."

Cierto que tienen razón, pero solo en parte. Porque una cosa es defender la exigencia y otra muy distinta convertir el suspenso masivo en una especie de medalla académica.

Durante toda mi trayectoria he impartido asignaturas como Introducción a la Econometría, Métodos y Modelos Econométricos, Sistemas de Información para la Dirección o Econometría Aplicada, entre otras. Materias cuantitativas que difícilmente pueden calificarse como sencillas. Sin embargo, mis tasas de aprobados han superado habitualmente el ochenta por ciento entre las dos convocatorias. No lo menciono como un mérito personal, lo hago porque demuestra algo importante, exigir y conseguir que los estudiantes aprendan no son objetivos incompatibles, más al contrario. La verdadera misión de un docente universitario no es seleccionar quién fracasa, es conseguir que la mayor parte de sus estudiantes alcance las competencias que necesita para ejercer una profesión.

Cuando un alumno comienza una asignatura llega con un nivel determinado, con unas capacidades concretas y con unas expectativas muy definidas. Nuestro trabajo consiste precisamente en partir de esa realidad para llevarlo más lejos. No hablo de rebajar la exigencia, pero sí de adecuar la enseñanza a la realidad de quienes tenemos delante. Son conceptos muy diferentes.

A menudo escucho que determinados grupos son especialmente malos. Puede ocurrir, hay promociones mejores y peores. Pero cuando los porcentajes de suspensos superan reiteradamente los dos tercios de los presentados, y puedo bajarlo hasta la mitad, algo empieza a fallar. Además, cuando el fenómeno se repite curso tras curso, quizá el problema ya no esté en el alumnado.

En economía estamos acostumbrados a evaluar resultados. Si una empresa fracasa sistemáticamente, analizamos sus procesos. Si una política pública no alcanza sus objetivos, revisamos su diseño. Si un modelo econométrico no predice adecuadamente, buscamos errores de especificación.

¿Por qué en la universidad debería ser diferente? ¿Por qué algunos docentes consideran normal que suspenda más del 50 % de sus alumnos y jamás se plantean que el problema pueda estar en su metodología, en sus sistemas de evaluación o en su forma de transmitir conocimientos? Nunca he entendido esa lógica.

Especialmente cuando se utilizan herramientas de evaluación que poco tienen que ver con las competencias que se pretende desarrollar. Exámenes tipo test con respuestas prácticamente indistinguibles, preguntas diseñadas para confundir más que para medir conocimiento, o pruebas que ni siquiera otros compañeros de área resolverían con comodidad no son necesariamente sinónimo de rigor. Son simplemente sinónimo de mala evaluación.

La exigencia auténtica consiste en plantear problemas reales, situaciones complejas, casos aplicados, escenarios donde el estudiante tenga que demostrar que comprende lo que hace y por qué lo hace. Eso es precisamente lo que intento trasladar en mis asignaturas mediante ejercicios teórico-prácticos, evaluación continua con el desarrollo de informes económicos basados en problemas reales con una herramienta estrella: los modelos econométricos. Y es que la universidad debería parecerse más a la vida profesional que a una carrera de obstáculos.

Quizá por eso la palabra que mejor describe lo que siento cuando veo promociones enteras acumulando suspensos no es indignación, sino impotencia, la he sentido como alumno, profesor, investigador, colega. Porque detrás de cada estadística académica hay personas que han dedicado meses de trabajo, ilusión y esfuerzo a intentar alcanzar una meta.

Naturalmente habrá alumnos que no estudien, que abandonen o que no alcancen el nivel requerido. Siempre los habrá e incluso será más fácil que eso ocurra si se ha facilitado excesivamente el acceso obviando la vocación, suele ser una cuestión de 'selección natural' en los primeros cursos. Pero convertir el fracaso masivo en algo normal es probablemente uno de los mayores errores que puede cometer un docente.

La universidad existe para generar conocimiento, formar profesionales y crear oportunidades, no para fabricar bolsas permanentes de suspensos. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es por qué aprueban tantos alumnos en algunas asignaturas, la verdadera pregunta es por qué seguimos considerando normal que fracasen tantos en otras.

La hormiga lleva muchos años entrando en aulas. Ha visto estudiantes brillantes, estudiantes perdidos y estudiantes que simplemente necesitaban que alguien les enseñara el camino adecuado. 

Pero también ha aprendido algo sencillo. Cuando un agricultor pierde tres cuartas partes de la cosecha todos los años, no pasa décadas culpando a las semillas. Antes o después revisa la tierra, el agua y la forma de cultivar.

Quizá la enseñanza tampoco sea tan diferente.

Dedicado a mis grandes maestros, los que me enseñaron a amar esta profesión: Leopoldo, Patricio, Alfonso y Antonio.

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